Censura en la espiritualidad (I)

Se ha instalado una forma de hablar de espiritualidad que lo inunda todo.

Oponer lo espiritual a lo material, la consciencia suprema al cerebro bobo, la pureza al ego, lo elevado a lo ordinario.

No conforme con eso, también quita la ciencia porque “reduce”.

Se acepta porque sí, a golpe de likes. No hay posibilidad de refutar.

Es una deriva peligrosa.

Me posiciono y me mojo: NO es espiritualidad sino CENSURA.

No es despertar de la consciencia, sino su anestesia. No es liberación, sino creencias de siempre. No es Respeto, es abandono.

Ojalá estos 7 argumentos te sirvan y luego tú decides.

1. El dualismo

El viejo cuento, nada nuevo, innovador ni pionero.

Espíritu contra cuerpo, mente contra cerebro.

Tiene más de 2000 años por mucho que los podcasts lo vendan como “revolución” o como movimiento de despertar de la consciencia.

“La carne como cárcel del alma” como Platón mostraba en el Fedón.

Descartes intentó acercarlo, pero temía el destino de Galileo (cambiaba de casa cada 2 semanas) y propuso una solución híbrida con la glándula pineal. La separación radical se empezó a difuminar a partir de ahí.

Antonio Damasio lo llamó el error de Descartes (1994) por algo muy sencillo. No puedes pensar sin cuerpo. Nunca eres sin biología. Jamás.

La meditación original, luego lo vemos, apunta aquí (no a reducir el “stress”).

En realidad sabemos que los procesos mentales se apoyan en señales y ritmos corporales, lo que llamamos interocepción (percepción que el cerebro hace del estado interno del organismo). En la ínsula se integran esas señales y forman parte central en la experiencia de ser alguien (Craig, 2009; Seth, 2013). No tienes un cuerpo, eres un cuerpo-mente que se siente a sí mismo.

Siempre defiendo que nunca voy al gym a entrenar o cuidar el cuerpo por la sencilla razón de que voy “entero”, con la consciencia. No entreno comba, más bien, expreso mi Ser.

Las personas que defienden esta separación entre “espíritu – consciencia” y “cerebro – cuerpo” no la practican. Te lo juro.

Les he visto comer paella, abrazar a sus hijos, dar la mano a sus parejas. Me temo que cuando les duele la pierna, sienten la pierna como real y no como una ilusión de baja vibración. Y escuché incluso a uno de ellos en un encuentro donde impartíamos conferencias que tenía una cuenta bancaria con ingresos. Con ingresos materiales imagino, como todos. No es malo tener cuenta, lo que es incoherente es vincular la paella, el tacto, el cuerpo, o sea, materia, con el ego.

“El pecato de la carne non e pecato” decía Giordano Bruno. Un amigo filósofo me dijo paseando que Nietzsche llamaba a eso “los despreciadores del cuerpo” (Zaratustra, I).

El problema es grave. Este dualismo es la puerta a los mandamientos. La materia es lo bajo oye… Quien está ahí está menos evolucionado. No es espiritualidad. Es una falsa jerarquía.

Lo peor es que no se sostiene jamás en TU EXPERIENCIA DIRECTA. Nunca has sentido SER sin TU cuerpo vivo.

No hay separación.

2. Materia, ego y pureza

Primero te separan y después le meten pegamento. A la materia le adosan el ego, a lo “espiritual”, la pureza.

No es nuevo esto. Ya hace 30 años se alertaba del peligro del materialismo espiritual, donde se usa la práctica espiritual separada para engordar el ego que dice disolver. Welwood (1984) lo matizó con algo que encaja más en lo que he visto en décadas, el spiritual bypassing. Usas esto sin darte cuenta para no afrontar heridas, miedos o tareas que siguen sin resolver.

Ambos conceptos tienen soporte empírico. Esto está documentado pero rara vez se comparte. Gente que practica técnicas (Yoga, meditación, otras) y encuentran que la práctica no “acallaba el ego” sino que aumentaba la autoestima y la sensación de superioridad respecto a los demás practicantes (Gebauer, 2018; Vonk, 2021).

OJO: hay estudios que muestran como en muchas ocasiones se REDUCE la prosocialidad. El Yo espiritual es el + malvado, esquivo y difícil de manejar. La tradición lo sabe porque el guía siempre es un tipo que acaricia a contrapelo. No te pelotea, te contrasta.

3. Lo ordinario es lo extraordinario

Lo describo con insistencia en Mente Salvaje.

El poso de la consciencia, una especie de subida de la línea base del vivir, en el que todo brilla más por sí mismo. Nada de estados superiores. No es necesario el éxtasis constante ni que aparezcan visiones o precognición.

Por supuesto se ponen en su sitio los viajes fuera del cuerpo (poca espiritualidad hay en un yo que viaja) y se coloca en la misma tradición el contacto con entidades o mediumnidad en el caso de ser ciertas (lo que sería otro tema) fuera del objetivo.

En esta espiritualidad que censura, en estas creencias emergentes cuando lo social ya no da respuestas ni sostén parece que el estado corriente es lo que hay que abandonar.

Aprendí desde los 16 en corrientes que enseñan lo contrario con una unanimidad llamativa.

Wang Xiangzhai, fundador del Yiquan (I Chuan), un arte marcial cuya práctica central es mi querido Ritsu Zen, estar de pie y quieto, resumía su enseñanza en que lo ordinario es lo extraordinario.

“La mente ordinaria es la Vía”, decía Nanquan.

El famoso “antes del despertar, cortar leña y llevar agua. Después del despertar, cortar leña y llevar agua” apunta ahí.

En el Mahāmudrā el estado que se busca es la “consciencia ordinaria”.

En el Dzogchen, rigpa es la presencia desnuda antes de cualquier elaboración, una especie de consciencia primaria o base que definen algunos neurocientíficos.

Bankei, del Zen, repetía toda su vida sobre la “mente no nacida” con la que cada uno se levanta por la mañana.

El estado extraordinario no es la meta sino un accidente del camino, y a menudo una distracción. “Si aparece el Buda, mátalo” es una máxima, guía y pista en la tradición.

Siempre parto de la tradición que colmaba mis anhelos desde la adolescencia. La sorpresa grata fue que la ciencia no resta, sino que corrobora. De ahí mi extrañeza y rechazo a que se desprecie, o se manipule, en nombre de la “espiritualidad”.

No me extiendo, pero breves apuntes sobre ello:

Damasio distingue la consciencia nuclear, ligada al presente y al organismo, del yo autobiográfico.

Merker mostró que la consciencia básica no requiere siquiera corteza cerebral: niños nacidos sin ella responden emocionalmente a su entorno.

Panksepp habló de una consciencia afectiva primaria, anclada en el tronco cerebral, previa a cualquier idea de “yo”.

Metzinger propone la experiencia fenoménica mínima que es la forma más simple de consciencia, sin contenido y sin sujeto. O sea lo que los meditadores describen como “consciencia despierta sin objeto”.

El poso es una consciencia primaria, el yo se añade después. La tradición lo llamó base, la neurociencia lo corrobora.

Quien te separe, quien excluye, quien te mete en la dualidad, quien ensalza el sujeto superior e interior, quien ataca la materia pero luego come paellas no ha trascendido nada.

Tú eliges.

Continuará…

Abrazos,

Dr. Jose Sánchez

Neurocientífico social, doctor en psicología y profesor universitario. Autor de «Mente Salvaje» y «Empatía en un mundo que duele».

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Escribo cada semana sobre la ciencia de la mente y la sabiduría de la vida.

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