Censura en la espiritualidad (y II)

Continúo.

4. Excluir la ciencia es matar lo holístico

De locos. Apartar la ciencia por “materialista”.

Espiritualidad remite a holos, al todo. Y del todo no se puede restar una disciplina humana entera sin dejar de estar en el todo.

Quien excluye la ciencia para ser espiritual reproduce la dualidad que quería superar. Aquí nosotros, que “sentimos”, y allí los materialistas, que miden.

¿Hay algo más absurdo?

Santa Teresa mandaba a sus monjas consultar a “letrados” porque desconfiaba de la experiencia sin examen (Moradas Sextas, cap. 3). ¡Vaya!

Einstein describió un “sentimiento religioso cósmico” que nacía, no a pesar de la ciencia, sino de ella (Religión y ciencia, 1930). Lástima que en los podcasts varios espiritualistas lo traducen como que “Einstein creía en Dios”.

La ciencia NO es lo contrario de la espiritualidad. Es una de sus disciplinas.

5. Evitar el rigor. Falsar lo espiritual

Este verano, en el retiro que siempre dirijo, y van más de 105, explicaba una y otra vez sobre la falsabilidad. Le chocaba ese aspecto a una persona muy creyente y estuvimos dialogando para aclarar esa aparente confusión.

Ser espiritual hoy en día parece que implica perder el espíritu crítico y ser condescendiente con cualquier corriente.

El argumento absurdo es que lo espiritual “no se puede evaluar”. Es falso. Todas las tradiciones tienen criterios de falsación.

Son innumerables las ocasiones en las que un profesor, un maestro o un hombre medicina me ha dicho “no, eso no”, “no, por ahí no”, “no, aunque lo sientas, por esto y por esto”. La palabra más habitual es no. Precisamente para descartar y afinar. De cajón.

Si Buda, Jesús o Lao Tsé están “dentro de ti”, algo tiene que ocurrirte, y ese algo hay que diferenciarlo de la creencia, la imaginación, la sugestión y la obsesión.

¡Eso muestran los textos!

Linji, siglo IX: “si aparece el Buda, mátalo”. Toda aparición es sospechosa por definición.

Zen. Los makyō son las visiones y sensaciones que surgen en zazen. Se catalogan y se descartan.

Visuddhimagga, siglo V. Las “corrupciones de la visión clara” son la luz, la dicha, la tranquilidad, la sensación de saber, las experiencias agradables que el practicante confunde con logro y que el maestro debe identificar como obstáculo.

Budismo tibetano. Los nyams (experiencias) no son rtogs pa (realización). Avisa de que apegarse es la trampa más común.

Juan de la Cruz rechaza visiones y locuciones, “aunque sean de Dios”, por lo que tienen de alimento para el yo.

La tradición hace lo que la neurociencia: separar experiencia de realización, y fenómeno de efecto.

Cuando cualquier sensación, creencia, pensamiento, sentimiento o emoción es espiritual por ser tuya, y se valida porque lo que se lleva es la condescendencia, eso no es respeto ni bondad.

Es abandono. En paladino: es dejar al otro en manos del algoritmo.

6. La pobreza de nuestro vocabulario

Nuestra cultura ha perdido el vocabulario de los estados de consciencia y del desarrollo interior. Lo tuvo en los místicos de acá, pero se ha perdido.

Tenemos cuatro palabritas: relajarse, conectar, estar presente y energía.

Cuando no hay palabras, se iguala por lo bajo. Ahora relajarse y estar presente son medio y fin en sí mismos. “Meditación” es cualquier cosa que se haga con los ojos cerrados. “Karma” es superstición absurda o nihilismo, en vez de responsabilidad sobre la construcción de tu memoria.

El Mahāmudrā muestra varias fases y grados, con nombres concretos: simplicidad, un sabor, no meditación. El Zen muestra diez fases. Aparecen mapas con etapas, riesgos y criterios.

Si el maestro te dice que eso que sientes no es lo que crees, es por algo.

7. Todo vale

Sin definición, “espiritualidad” es un comodín que sirve para cualquier cosa.

Las escalas de espiritualidad que usa la investigación en salud están contaminadas con ítems de bienestar (paz, sentido, propósito), de modo que “la espiritualidad mejora el bienestar” es tautológica: mide dos veces lo mismo (Koenig, 2008).

En las redes es peor, porque se vende alimento para el sujeto cuando se necesita lo contrario, disminuir su importancia.

Siempre propongo una definición operativa.

Espiritualidad es la capacidad humana de percibir y construir el mundo sin estar uno mismo en el centro.

Es la disolución de la división sujeto-objeto y del yo conceptual que la sostiene, gradual o súbita, parcial o total.

Esta definición no es mía. Es lo que dicen las tradiciones cuando se las lee con atención.

Anattā, no-yo (Anattalakkhaṇa Sutta, SN 22.59).

Zhuangzi, el maestro que ha “perdido su yo”.

Maestro Eckhart. Gelassenheit, el desasimiento.

Ibn Arabi. Fanā’, extinción del yo en lo real.

La neurociencia del yo apunta ahí. El yo se apaga (Brewer, 2011; Dor-Ziderman, 2013; Josipovic, 2014; Metzinger, 2003).

¿Y por qué es tan importante esa mirada sin estar en el centro?

Porque el yo está latiendo en la comparación, en la ofensa, en la envidia, en el miedo a no ser suficiente, en la rumiación que no para, en la obsesión, en el drama, en el afanarse, en la “mentalidad y mentalidad”.

Reducir el peso del yo, relativizar su importancia, es el reductor más radical de las fuentes de sufrimiento.

OJO: no olvido lo social, bien lo sabes. La mayoría de problemas no son individuales. Precisamente pasar un poco del sujeto permite verlo con mayor claridad.

Esta espiritualidad no colisiona con el arte, ni con la ciencia, ni con la filosofía.

Quien te separe, quien te excluye, quien te mete en la dualidad, quien ensalza el sujeto superior e inferior, quien ataca la materia pero luego come paellas no ha trascendido nada.

Y hasta aquí 7 argumentos, citas, tradición y ciencia.

Dr. Jose Sánchez

Neurocientífico social, doctor en psicología y profesor universitario. Autor de «Mente Salvaje» y «Empatía en un mundo que duele».

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Escribo cada semana sobre la ciencia de la mente y la sabiduría de la vida.

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