Entre el narciso y la psicosis ​hay alternativa

Hoy dos problemas (Narcisopoceno & Psicosispoceno), que veo a pesar de todo lógicos, y al final una posible alternativa práctica.

Lectura larga eso sí, sin aspiraciones a ser Reel.

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Durante varios años asistimos a lo que parecía una epidemia de narcisismo, de esas que se contagian sin fiebre, solo con aplausos, en esos nuevos teatros de pantallas que llevamos en las manos.

Diferentes autores con buen criterio hablaron de crisis de identidad.

Otros de que era producto de una globalización interesante, pero que implicaba perder raíces: aprendías inglés en un pueblo de Asturias pero matabas el bable, y en el bar de la tradición ahora ya venden hasta Muffins.

En esta epidemia del yo los lazos sociales quedaron degradados en un mercado donde el estrés se compra a granel a diario. Todo esto ha empujado al individuo a una huida hacia delante, valiente y digna, pero también desesperada. Tanto que no queda otra que sobre justificar el salto.

Pero el yo, en ese salto ha sido tentado. Caemos ahí fácilmente, no nos queda otra a veces y empezamos a afianzarnos menos en lo vivido y más en lo expuesto a otros.

El padre de mi amiga Marta siempre fue un hombre elegante y sobrio. No por lo que ganaba, que era mucho, sino por lo poco que se le notaba. Sabía que hay cosas que requieren prudencia.

Antiguamente en la niñez y juventud nos enseñaron que hay cosas que deben mantenerse íntimas.  Los orientales a quienes mostraba respeto e ilusión en los 80 y 90 nos contaban historias donde:

el poder siempre estaba dentro, la fuerza preservada para el momento adecuado y la sabiduría implicaba un darse cuenta en el tiempo.

Crecimos en mi barrio con héroes que estaban muy para dentro…, nada histriónicos ni narcisos.

¡Qué raro debe parecer esto visto desde ahora!

Uno de mis profesores decía “taoísta en la cama, confucionista en la calle”, intuyendo quizá que el orden social no pasa por el individuo estridente que se muestra a pecho descubierto sino por el que coopera.

Al llegar este Narciso-poceno hace unos años ya no importaba ganar dinero, importa decir cuánto. Ni siquiera importan las causas nobles. Ya no se hacen fotos en el Narcisopoceno, se hacen selfies. Pero el autoretrato repetitivo siempre es dismórfico ojo. Hasta nuestros pies en la playa son motivo de exposición, no por lo que caminan, avanzan, esquivan o danzan, sino porque se tumban, como cada noche.

La intimidad dejó de ser el lugar que mostraba elegantemente el padre de Marta. En el Narcisopo-ceno todo es un decorado. Somos revista de corazón rosa con chimenea encendida aunque sea agosto, sonrisa de catálogo en parejas que sufren, hogar de princesa donde todo queda a la vista. Es tan poco sensual que no queda nada por descubrir.

No hay que hurgar muy lejos. En la psique, el narcisismo, entendido como rasgo y no como trastorno, forma parte del equipaje humano. Describe esa orientación del yo hacia su propia imagen, con necesidad aumentada de validación externa, esa que poco a poco uno va entrenando sin darse cuenta. Como una droga, nos vamos sensibilizando a los incentivos de los otros para ser eso que los seguidores o la exposición social nos marca.

El otro funciona como espejo: confirma que existo, que importo, que merezco estar aquí. Mucha gente participa, no por ser mala gente, sino porque el sistema lo premia.

Resalta, sea con estética, palabrotas, estridencias o mentiras, pero resalta en el mercado de la atención.

Es normal que surja todo esto. Son tiempos de identidad frágil, de promesas incumplidas, de descrédito de gobiernos y sistemas, de ciudadanos que se sienten traicionados y que levantan la mano ante el olvido.

El narcisismo interno es a la psique lo que el bótox a la piel.

Tenemos implantes protésicos emocionales forzados por un sistema extraño. NO creo que la gente sea culpable, las estructuras ejercen un peso enorme.

Pero el Narciso-poceno está terminando. El Sapiens no tiene instinto de evolución, ¡afortunadamente! Los instintos son otra cosa, pero sí que muta biológica y culturalmente ante la presión compleja del ambiente.

Igual estamos entrando en la consecuencia lógica del Narcisopoceno, y le llamo el Psicosis-ceno, la sociedad de la psicosis.

Ya no se trata de un yo sobredimensionado, sino de la progresiva pérdida de contacto con la realidad, que curiosamente se lleva con mucha seguridad y poca vergüenza.

Resulta comprensible. El lenguaje describe la realidad, pero no la toca. La palabra “manzana” no sabe a manzana. Ninguna palabra tiene color ni olor real. Por eso tantas tradiciones insistieron en ir más allá del lenguaje, en volver a la experiencia directa.

Por eso explico cada semana que entre Víctor Hugo Morales, que narró “barrilete cósmico qué hicisteeeee, gooooool”, y Maradona en ese mismo instante, solo uno sabía jugar al fútbol. El lenguaje no mete goles, solo los narra. Y en la cabeza de cada uno el narrador lo ocupa todo pero con un vínculo extraño con las palabras, aquel regalo de los dioses.

La sabiduría, ya nos lo decían aquellos orientales de los 80 y los 90, no está en las palabras. Ya sabes, confundimos sabios con eruditos que leen. Y ya sabes que los que leen, no necesariamente se convierten en eruditos siquiera.

Así que por escribir aquí también me alejo del dedo que toca el teclado. Todo lenguaje ya separa algo, de ahí que el Zen te ponga a barrer en vez de a pensar. Esta excelente herramienta, que planifica, que es simbólica, que recuerda y proyecta, que describe y disecciona, que conforma y confirma, que muestra el brillo del cristal de la inteligencia, que consigue avances en batallas dialécticas y que es clave de todo rigor y lógica, conlleva cierto precio a pagar.

Si uno se despista un poco, el lenguaje deja de apuntar al mundo y no describe ni clasifica ni aclara. Solo delira.

Los griegos, que sabían de hybris más que nosotros de redes sociales, lo contaron con mitos.

El de Eco resulta actual. Eco tenía palabras de sobra y las usaba para distraer, confundir y tapar lo que ocurría. Hablaba mucho pero decía poco, tan común ahora. Los dioses griegos, tan ingeniosos ellos, no la castigan dejándola muda. Puede conservar las palabras pero perder el lenguaje. Solo repetía lo último que oía.

Así tenemos frases ecoicas, que como monedas falsas circulan por el mercado, en discursos que suenan bien pero que no compran nada real. Hemos dejado de pensar lo que decimos o cuestionarlo. Y no es solo la IA. Los tips que tanto pululan, son como los priones de las vacas locas. Se viralizan, se repiten en una mente que es solo eco.

Parece que sucumbimos fácil a compartir tips. Se confunden con algo práctico, en vez de con algo escaso. El tip habitual grita, es ruido.

Qué tiempos aquellos del koan, ese lenguaje que te dejaba sin palabras… o sea, en la realidad.

El mito de Cassandra completa el cuadro. Cassandra decía la verdad. Veía la catástrofe venir pero nadie la creía. Su lenguaje no servía en la sociedad. Decía lo correcto, pero en un mundo que no escuchaba. Quizá en este tendencia al psicosis-ceno esta escena es inquietantemente familiar. No da tiempo a escuchar. Si el lenguaje no es la espada de la inteligencia, la locura prende.

Por ahí está el retrato:

Mucho lenguaje para poco mundo. Mucha verborrea para haber experimentado poco. Grandes certezas para demostraciones ausentes. Afirmaciones de taza regadas en rigor espúreo.

Del narciso como modelo a –> la auto fabricación de la irrealidad.

En este escenario, sorprende poco que políticos vivan en realidades paralelas, que ante catástrofes humanas alguien se saque una bandera en un programa de televisión como si el símbolo secara el barro, o que el sufrimiento ajeno se convierta en oportunidad de visibilidad.

Cada vez genera más dudas el trending topic mezclado con la ayuda. Los que aún no tienen síntomas de psicosis social lo notan y les chirría.

Las palabras ya sabes, no dicen nada. No apuntan, no clarifican, no separan el grano de la paja. “Fascista”, “fachita”, “comunista”, “podemita”… Más grave quizá es el delirio con “democracia”, “Dios” y “fe”, aunque mis espinitas estén con “neurociencia”, “cerebro” o “espiritualidad”.

Todo significa exactamente lo que le venga bien a quien las pronuncia.

El diccionario es una opinión. El significado, negociable. El lenguaje no apunta a la realidad, ya es atrezzo.

Las emociones, ¡ay las emociones!, son elevadas a rango de hecho. Pasaron de buscar pertenecer enchufadas al altar de la inteligencia para ahora ser terapia.

No debe dar miedo todo esto. Las sociedades mutan.

Que la estupidez sea mainstream no nos hace estúpidos, ni siquiera a los que la siguen. Las estructuras presionan, seleccionan, pero la mayoría de gente va sabiendo lo que hay.

Hay alternativas. No pasa nada si a ratos hemos caído en la costumbre del escaparate permanente o en la psicosis de las palabras ilusorias. No compro discursos que todo lo ven como ruina. ¡Estamos vivos!

Se puede mantener la sensatez.

Entrena permanecer en el centro, sin disfraces, sin consignas, sin banderas de plató, sin miedo a un viaje de escape. Pero hay que saber que los beneficios son poco instagrameables: menos ruido mental, más contacto con la experiencia, mayor capacidad de aprender, mayor capacidad de desacuerdo sin delirio, de crítica sin linchamiento, de vínculo sin sometimiento.

Creo que permanecer ahí es hoy el verdadero éxito, el cual recuerda no es resaltar, sino extenderse. En los demás claro.

Busca un sistema de lazos. Llevo 15 días discutiendo, más bien reflexionando, con mi mejor amigo, sobre un tema que nos posicionamos diferente. Qué rica sabe la amistad que trasciende identidades, que no busca acólitos sino afecto capaz de lo sincero. La amistad no es para que sea productiva, sino para mirarnos con confianza.

Aplica una virtud pasada de moda: la honestidad. Más en un mundo con velocidad y expansión gaseosa. Te ahorra la resaca de creerse el propio personaje o el delirio del que no reconoce la película.

Y es que la honestidad es brutal porque no necesita adornarse con un superpropósito, ni anhela un Ikigai porque no captas la plenitud del instante, ni convierte la vida en misión épica.

Lo ordinario es lo extraordinario (Yi Quan).  La realidad, lo decían aquellos de los 80 y los 90, ¡¡no viene envuelta en trascendencia!!

Ni precisa de cuántica para exagerarse.

Ni estás tan vací@ que necesitas materializar en el futuro.

Permanecer en lo que hay, sin dramatizarlo ni inflarlo, fortalece el carácter, pero recuerda no es carne para tertulias de alto impacto.

Cuando el yo se infla, lo que es se escapa.

Cuando la palabra no apunta, la psique se fragmenta.

Cuando das eco y silencias a Cassandra, la consciencia se aisla.

Centro, lazos, honestidad, inmanencia, te anclan a la realidad.

Esa que justo hoy es uno de los bienes más escasos.

Dr. Jose Sánchez

Neurocientífico social, doctor en psicología y profesor universitario. Autor de «Mente Salvaje» y «Empatía en un mundo que duele».

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