La asquerosa ciencia limitante

Hablaba ayer con un amigo sobre la tendencia a buscar teorías, que suelen encajar en lo que ya creemos, sobre la conciencia.

En realidad sobre cualquier cosa, pero…

las «espirituales» son las más difíciles sin duda.

Me recordaba todo esto a…

un entrañable catedrático emérito de neurociencia en España que me comentó una vez que «para muchos la ciencia es como Ebenezer Scrooge en Cuento de Navidad», un ser que solo es capaz de decir «Paparruchas» y mostrar su enfado.

En algunas de sus conferencias hace 15 años, que yo asistía con mi padre y posteriormente con mi director de tesis, el catedrático no se cortaba ante algunas preguntas:

«si usted tiene tan claro lo que es la consciencia, lo limitada de la ciencia y lo equivocado de todas las investigaciones y autores que comparto, por favor, publíquelo. Se hará usted famoso, rico y será venerado» decía ante, alguien que lo único que tenía que aportar era que la ciencia es limitada.

Era un hombre de mucho carácter y se sentía molesto porque después de hablar de numerosas agnosias, trastornos de personalidad, efectos de las plantas psicoactivas (casi dos décadas antes de que fueran moda), se cuestionara lo limitada que es la ciencia, esa que usamos al conducir un coche, un avión, un tren, un médico por supuesto y un ordenador.

Desde mi pequeñísimo espacio le escribía un email tras cada conferencia para compensar, agradeciendo su esfuerzo y la calidad de todo lo que compartía.

Me gusta decir que «no todo es ciencia, pero no sin ella».

Que es limitada para algunas cosas todos lo sabemos. Lo que no solemos darnos cuenta es que la religión también es limitada, la filosofía, el arte… Cualquier experiencia humana es limitada por el hecho de ser… humana.

La ciencia ofrece un modelo del mundo y cierto significado.

Prefiero ese, que busca vacunas para una microorganismo, que uno que me diga que la Tierra es plana, o que los virus son chips 5G.

También le prefiero, como modelo del mundo, a aquella tendencia de la Edad Media donde ante la Yersinia Pestis, la cura era rezar salmos o matar judíos.

La ciencia no llega a muchos sitios. Pero otras disciplinas tampoco y sería sensato reconocerlo.

Uno de ellos es la consciencia.

No sabemos todavía mucho de ella.

Pero ¿acaso la filosofía, que me encanta, ha resuelto el enigma? ¿Ha resuelto la religión, que me encanta aunque alguno no lo crea, el enigma?

Si nos preguntamos por la consciencia, sin duda podemos ir a la neurociencia.

Solo nombrarla y te llevas insultos de materialista, mentalista y manipulador.

Más allá de esos adjetivos la neurociencia estudia, mediante 4 grandes corrientes qué es la consciencia, cómo se mide. No te aburro con tecnicismos.

Alguna es más emergentista (la consciencia es un producto de la actividad cerebral) pero otras no tanto, siendo una danza entre el mundo, el cuerpo, el cerebro y el yo.

Digamos que esta última se asemeja un poco más al camino medio budista, que me encanta elevado al cuadrado.

Surgen alternativas, de momento algo especulativas, sobre la conciencia como un fenómeno cuántico.

Ojo, suelen decir que acaso es un fenómeno cuántico ¡en el cerebro!, lo que de ser cierto, no invalidaría todos los intentos de la neurociencia por explicar la conciencia.

En realidad a mí no me preocupan mucho las teorías de la conciencia.

Me interesan las neurocientíficas por profesión y porque me apasiona aprender sobre si ésta podrá replicarse en una entidad no biológica y artificial.

Cada día leo un poco sobre esas 4 grandes teorías. No me parecen limitadas… me parece que los que las estudian son verdaderos genios, aunque sean neurocientíficos y por tanto «materialistas, mentalistas y manipuladores» para algunos.

Pero para aliviar el sufrimiento, para vivir aquí y ahora es mejor otra forma de estudiar la conciencia, que es más fenomenológica.

Recuerda la diferencia entre erudición (el periodista que canta el gol) y sabiduría (el futbolista que lo marca). Solo uno sabe jugar al fútbol.

Si interesa la sabiduría para investigar la conciencia no se trataría de leer libros sobre ella, sino de experimentar sus características de forma directa. A esto se han dedicado algunas tradiciones miles de años. Yo he tenido la suerte de poder aprender, y quizá algo de mérito por aguantar sus salvajadas.

Me entristece un tanto que si alguien de la TV por ejemplo quisiera hablar de la conciencia pensaría antes en neurociencia, física cuántica o filosofía, y no en un explorador de la misma, tipo un monje Zen (como arquetipo) o un cartujo (por poner alguien).

Cuando opinamos desde la creencia,

o argumentamos desde la filosofía,

o investigamos desde la neurociencia,

o postulamos desde la cuántica, NO necesariamente avanzamos un milímetro en la experiencia de la conciencia.

Lo hacemos con meta-conciencia, mirándola, poniéndola a prueba y por supuesto no solos, con mitos de autodidacta, sino con la atenta guía de otro.

En la tradición el erudito, el que más sabe de «libros», NO recibe la transmisión, sino el que la realiza, que es el que más sabe «hacerla» «vivirla».

Vamos, el que mete el «gol» :).

Gracias a ese viaje puedo decir que «todo es uno» y que por tanto ciencia y espiritualidad no colisionan nada.

Uno hace ciencia consciente,

o cree en religión consciente,

o piensa sobre filosofía consciente

o pasea consciente

o surge aquí una intuición consciente

o emerge una creatividad ahora consciente.

¡¡¡¡ ¿Dónde demonios está la colisión? !!!!

A la noche, cuando duermes profundo, no hay consciencia y por tanto no hay ciencia, religión ni filosofía ni arte.. El mundo desaparece para el sujeto. La consciencia es un espejo, y tan solo refleja. Me gusta posar ahí todo lo posible.

En esa noche, en la fase REM, si sueño que sangro, como decía el otro día un buen amigo filósofo, J Antonio Sanz, en un post de youtube que fue bálsamo para mí, afortunadamente no tengo que ir al hospital a por una transfusión.

Es decir, que parte del sueño y vigilia aunque se perciban reales, no son iguales. Y parte del sueño es que no se percibe nada. No hay nadie ahí consciente de algo.

Es decir, que los de «solo existen las ideas», o los de «la materia es solo una creencia» podrían probar a ver si chocarse con la pared es un asunto material, una idea o un vacío cuántico. Yo, de momento, no atravieso la pared. Otros parece que sí.

La espiritualidad, no lo digo yo, es el posar en la conciencia, no en la creencia, en las ideas, o en las teorías (¡¡aunque sean científicas!!).

No solo eso, todos lo que han habitado ahí, desde cualquier cultura y tiempo, coinciden en que es un lugar especial para disminuir el sufrimiento y entender el mundo.

Con todo ello, aunque duela a veces, la ciencia y la espiritualidad no son opuestas porque:

uno puede posar aquí y ahora,

y hacer acciones científicas, artísticas o filosóficas o dedicarse a creer o merendar churros con chocolate.

Sin embargo si se dedica a alimentar un Yo que parte de creencias y certezas, que aspira a miles de metas, que sueña con ser más, diferente y especial, se aleja de ese espejo que todo lo refleja para ser un sujeto que tradiciones cuestionan y neurociencia demuestra sus grietas.

No solo eso, se sentirá enormemente amenazado por alguien que simplemente hable de una posición diferente. A todos nos suena lo malo que son los diferentes y lo equivocados que están.

Dr. Jose Sánchez

Neurocientífico social, doctor en psicología y profesor universitario. Autor de «Mente Salvaje» y «Empatía en un mundo que duele».

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