Es una cruda realidad. Si el éxito de un curso online se midiera no por la gente que lo compra sino por la gente que lo termina, no digamos ya si lo aplica, la mayoría resulta ser un fracaso.
A mí me pasa. Cogí uno hace 2 años y ni lo he visto aún y eso que me encantaba el tema.
¿Por qué?
Porque hay que estar muy motivado para seguir un curso, lección tras lección, en donde no puedes preguntar, con una lección de 45 minutos, o donde tienes respuestas eternas y parcas y encima hay poca interacción. Eso en medio de una vida cotidiana donde hay decenas de mails, tareas, pendientes, interrupciones, labores, llamadas y reuniones.
Y pasa lo que pasa: nos cuesta mucho terminar un curso online. No es porque procrastinemos me temo, es que la vida no da para mucho más en los últimos años.
Conozco gente que produce cursos y eso no le importa.
Argumentan que es igual que el gimnasio, que no todos se ponen cachas, o como la universidad que no necesariamente consigue trabajo. Son argumentos muy malos evidentemente. El caso es que a mí sí me importa.
La solución no es hacer un «curso», sino construir un programa vivo.
Para eso hay multitud de acciones que se salen de lo que comento aquí pero sí comparto una.
Abrazos,
Dr. Jose Sánchez
Neurocientífico social, doctor en psicología y profesor universitario. Autor de «Mente Salvaje» y «Empatía en un mundo que duele».
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Escribo cada semana sobre la ciencia de la mente y la sabiduría de la vida.
Y si quieres entrenarlo con otros, no solo leerlo, está Entrena tu Mente – La Comunidad.