Ayer fue Sant Jordi, mi favorita del «santoral» porque tiene ese punto práctico: lee un libro y regala una flor. ¡Qué más se puede pedir!
Escucho muchas veces la frase de «libros que me cambiaron la vida». Si la pienso podría decir todos pero también ninguno, porque probablemente la vida cambia por muchos más motivos. En mi caso, aún amando el conocimiento basado en conceptos, diría que la vida me ha cambiado mucho más al conocer a determinadas personas que me dieron lo que nunca yo podría devolver ni haber adquirido sin su ayuda.
Aún así a veces los libros te marcan y no solo por su contenido.
De pequeño en mi casa había un precioso libro rojo, encuadernado en tela y con unos ideogramas, ahí es nada, en la portada. Lo había escrito mi padre, así lo entendía yo a los 9 años. No era exactamente así porque se había escrito en su imprenta, pero no por él. El libro se llamaba Enciclopedia Permanente de Medicina China y el autor era Alfredo Embid. Evidentemente no entendía nada, pero me parecían términos muy diferentes y extraños. Ese libro «cambió» bastante mi vida, porque me hizo interesarme desde los 16 en artes y técnicas orientales, que tenían un halo romántico muy peculiar. Años más tarde conocí y entablé amistad con el autor y me abrió muchos caminos y personas en esa dirección.
Cuando se cerró la imprenta mi padre trajo un único libro, curioso. Me dijo que no sabía porqué pero que había cogido Las enseñanzas de Don Juan, el famoso libro de Carlos Castaneda, en las que recogía sus (supuestos) encuentros con un viejo indio yaqui llamado Don Juan justo el mismo día en que una persona me dijo que ese libro me encantaría. De ese libro continuaron el segundo, tercer y cuarto, muy entrañables, pero en donde como es habitual es difícil discernir entre realidad, fantasía, novela, imaginación y creencias varias. Lo bueno es que de ahí conocí Las enseñanzas de Don Carlos, donde se filtraban las prácticas por fin, evitando así lo superfluo y lo esotérico. Su autor, en persona, me ayudó mucho más que con el libro. Estuve con él varios años en numerosos retiros salvajes.
Uno de ellos fue en 2007 en el desierto de México, tran seis años de preparativos en otros. Acompañado por Víctor, quien fue perseguido por el famoso Don Carlos toda su vida, me llevé otro libro, aunque solo lo leí en el avión, llamado El cerebro nos engaña. Aunque muy desactualizado me llevó a mirar también desde dentro las experiencias, cosa que me vino de perlas por todo lo que percibí después en esa tierra. Conocí a su autor, Francisco Rubia, y curiosamente uno de sus mejores alumnos, es mi catedrático y «padre» en neurociencia.
Estos ejemplos me llevan a pensar en la serendipia, sincronicidad y «señales» (sin necesidad alguna de necesitarlas o buscarlas para parecer o sentirse espiritual), en las personas sobre todo, y no necesariamente en los contenidos. Esos tres libros no me cambiaron, los eventos relacionados probablemente mucho más.
En realidad sobre los libros giran ahora otras estrategias. Me sorprende mucho el concepto de libro como «marca personal» y cuán lejos uno anda del Ser para convertirse en marca. Sí, sí, ya sé que se puede justificar con negocios, personas que te conocen y tal y tal y palabras de ese tipo. Qué liberación no serlo ni necesitarlo.
Lo del libro como centro de negocio, o como reclamo para ganar autoridad y notoriedad es otro clásico. Poco importa la calidad del mismo, se trata de decir que uno ha escrito un libro, no tanto qué domina, qué divulga y qué quiere comunicar al mundo.
El libro como autobombo es otra paradoja: «sí, vengo a hablar de mi libro» como dice el sarcasmo.
Ojo no hablo del libro o autor que consigue éxito de ventas por su calidad, contenido, novedad o impacto sino de aquel tipo de libro que busca ser éxito de ventas a toda costa, con esas manipulaciones horteras de los comentarios de Amazon 🙂 y esas transformaciones de vida para acabar siendo lo mismo y así labrarse un camino, bueno un atajo ya sabes.
Lo de que te escriban el libro mientras tú dictas es otro esquema habitual. En realidad un libro te enseña a ti a escribir, y al aprender a escribir, incluso uno podría por fin aprender a pensar. Pero si esto no importa, sospecho que se puede dictar. En este caso, la «falta de tiempo» lo justifica. En realidad como decía uno de mis profes, los libros no se deben escribir cuando estamos tan ocupados o somos tan importantes como para no tener que usar el boli o el teclado.
En realidad los libros probablemente sean tan grandes que resisten todas estas aproximaciones. Son como decía Mick Jagger de las copias de los Stones: «significa que estamos muy arriba».
Me hacen bastante gracias los consejos y recomendaciones de libros, incluso las valoraciones que se dan de los mismos y así uno también se coloca como juez. Soy muy cauto para recomendar libros. Lo hago poco porque soy consciente que he leído libros que no he entendido, otros que no sabía poner en práctica y otros que requieren mucho conocimiento previo. No queda fino decir que no todo el mundo entiende lo que lee, y que eso lleva a veces a leer lo mediocre en vez de lo bueno. Al menos digo que yo he leído libros, muchos, que me superaban.
Un tipo curioso de libros son aquellos que emplean conceptos para intentar animar, recordar o narrar, lo que no se aprende con conceptos. Esto en nuestra cultura es impensable. La gente cree que todo se aprende a través de libros y conceptos, probablemente porque cuesta mucho aprender de las personas. Desde luego que a nadie se le ocurre aprender fútbol con un libro. Pues igual debería ser con la meditación o la sabiduría.
Esta distinción entre conceptos / aprendizaje explícito, y destrezas / aprendizaje implícito no suele quedar clara. En alguna tradición budista lo saben tan bien que desde siempre se prefiere al sabio inculto que al erudito sin realización. De hecho entre practicar y leer, la decisión siempre es practicar. Normal, se trata de una destreza no de un conocimiento. Nosotros sin embargo confundimos al culto con el sabio, bueno eso era antes. Ahora el culto es un intelectualoide pedante mal visto. En el chamanismo curiosamente no hay libros apenas. La enseñanza es siempre experiencial, afortunadamente. Fuera del entorno no consigues que un hombre medicina te cuente nada… te lo cuenta en medio del río, cuando tú temes si está o no está la anaconda. Estos sí que saben… pero para algunos son vistos como gente con taparrabos.
Compartía el domingo en redes uno de esos libros duales. La Vida de Marpa, uno de los grandes maestros de una tradición concreta budista. Es un libro sobre cantos, y es críptico. Es una biografía pero las biografías en ese contexto no van de la vida personal sino de cómo se ha cultivado la naturaleza de la mente. El entendimiento depende del nivel de destreza, una paradoja. Si has meditado mucho y bien, entiendes incluso porque son cantos y no frases.
«Cantó Naropa a Marta:
No alimentes el prejuicio de yo y los otros, la noción de sujeto y objeto.
La comprensión surge de la investigación analítica.
La experiencia es la luminosidad, fuerte o débil.
La realización es el reconocimiento de las cosas tal como son»
Por un Sant Jordi cada día.
Afecto para los buenos libros, los que se escriben como canta un pájaro.
Afecto también para los eruditos.
Afecto también para los sabios.
Abrazos
Libros que me cambiaron la vida
Buenos días,
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