La culpa es una emoción curiosa. La tengo mucho cariño porque le dediqué tres años intensos de mi vida. Uno para ver cómo, cuando y porqué aparece en el cerebro religioso y dos para diseñar un experimento e investigarla en el cerebro. ¡y publicarlo en CABN!
En los círculos del pensamiento mágico es una emoción «tóxica» que no se debe sentir. Alguno dice que hay que sustituirla por la responsabilidad: es un error grave.
En Empatía en un mundo que duele, en los anexos del libro, que forman casi otro libro, explico el caso de una ex-política madrileña y un ex-jugador del Barsa que por sentir responsabilidad en vez de culpa la liaron parda.
Nunca es tarde si la culpa es buena.
Pero cuando no se siente, cuando se evita a toda cosa, no aparece la dis-culpa. Pasa el tiempo y uno acaba siendo perezoso para la disculpa y el agraviado además ya ha hecho su duelo solo.
La incapacidad para sentir culpa y de ahí la ausencia de conducta de disculpa deja marcas.
Las promesas no cumplidas,
los daños sin reparación,
las palabras que se las lleva el viento,
la manipulación consciente sin perdón,
van convirtiendo al individuo en más individuo.
Tan centradito en su trabajo, su desarrollo personal, su ombliguito que el Ser ya hace rato escapó por la ventana. Y se cree que eso es de hippies, mientras va acumulando «individuo».
Cuando empecé a estudiarla me impactó la radical diferencia entre la culpa religiosa, poco productiva, intrapsíquica como Freud la denominó y la culpa interpersonal, prosocial y necesaria.
En la culpa, como magistralmente demostró un neurocientífico potente, David Amodio (tan potente que es poco conocido), muestra dos fases que curiosamente se reflejan en el cerebro. Una primera fase dolorosa, con asimetría frontal derecha y retraimiento de la conducta y una segunda fase que intenta alivio y reparación, con asimetría izquierda y conducta de aproximación.
Nosotros unos años más tarde demostramos un procesamiento muy temprano de la misma. En tan solo 0,35 segundos el cerebro ya comienza a realizar computaciones sociales comparativas donde tu acción perjudica a otro. Ya la puedes negar luego, olvidar o pasar por encima con justificaciones. No solo eso vimos cómo se vinculaba con la empatía y con una región llamada corteza prefrontal medial.
La culpa como todas las emociones, no es algo que les ocurre a los individuos, ocurre también ENTRE individuos. El matiz lo cambia todo.
Mañana tenemos un seminario de esto. Una alumna lo ha pedido.
A veces sentimos culpa por fallar a nuestras figuras de referencia.
A veces porque nuestra vocecita interna nos dice que es malo tomar unas patatas fritas o pedir una pizza. O por no «entrenar el cuerpo» 5 días.
A veces porque al estar tan en uno mismo olvidamos a los demás.
A veces por presentarse al mundo como happy y vivir en realidad con stress que no reconocemos. A veces porque nuestros pensamientos son «impuros» en una clara señal de que no tenemos ni idea de meditar claro. A veces porque no estamos a la altura de nuestra mejor versión, con esa culpa que nos generó el vendehumos que vive de hacerte creer que eres insuficiente.
Como la empatía, rara vez está armónica.
Por exceso donde sobra, por defecto donde falta.
Es muy útil sin duda en tanto muchas personas la sufren
y otros les perjudica sin saberlo su incapacidad para sentirla.
Le dedicaré unos minutos especiales a la culpa más torticera que he visto.
Es aquella que dice, malinterpretando a Jung, que eso que vemos en los demás es un reflejo de lo que tú tienes dentro. Es una manera loca de manipular a la gente en nombre de la «sombra».
Nunca es tarde si la culpa es buena.
Dr. Jose Sánchez
Neurocientífico social, doctor en psicología y profesor universitario. Autor de «Mente Salvaje» y «Empatía en un mundo que duele».
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