En la cultura contemporánea del bienestar existe la idea de que:
ir a terapia = a “trabajar en uno mismo”
y que eso, a su vez, equivale a cierto despertar.
Considero que es un error:
La terapia y la sabiduría difieren en metodología y en intensidad.
Pero no solo eso: difieren en el objeto mismo sobre el que trabajan.
Al confundirlas los pacientes esperan en la psicoterapia una liberación que no les puede dar. Parecido a como en los 90 practicantes se acercaron a la meditación para no mirar heridas de pura clínica.
El auge de la salud mental surge tras el COVID. Me congratula. Mejor que haya profesionales de la psicología tratando mentes que malabaristas de la psique autoformados. Pero todo progreso trae ciertas consecuencias.
Hemos pasado de infradiagnosticar o no valorar la importancia de la salud mental, a psicologizar la vida…
El caso es que la psicoterapia, en todas sus escuelas, trabaja dentro del marco del yo.
Su unidad de análisis es la persona: biografía, patrones, rasgos, esquemas, explicaciones, defensas, narrativa.
El objetivo, visible o no, es conseguir un YO más funcional, más coherente, menos atormentado. Se repara o reordena la historia o la narrativa, pero no se cuestiona como historia.
Incluso las terapias más sofisticadas, que defienden «deconstruir» creencias o «reprocesar» «traumas», lo hacen para devolver al sujeto una identidad adaptativa. El criterio de éxito es la reducción del sufrimiento y volver a ser funcional en las relaciones o el trabajo.
La sabiduría genuina, de un desarrollo personal bien anclado en la tradición y no exento de ciencia, sino con ella, trabaja sobre el marco mismo.
Su pregunta no es “¿cómo puede este yo sufrir menos?”
sino “¿qué es exactamente este yo que sufre?”.
Su respuesta, replicada durante milenios en tradiciones que no se conocían entre sí, es incómoda para la psicología del sujeto: el yo no es una entidad que reparar sino una construcción que ver.
El sentido de ser un sujeto separado,
dueño de sus pensamientos,
situado «detrás de los ojos»,
es un proceso no una cosa
y puede observarse en su formación misma hasta que se vuelve transparente.
La terapia optimiza al personaje;
la investigación contemplativa descubre que hay conciencia en la que el personaje aparece.
Un buen proceso terapéutico ayuda al mirar el pasado desde otro lugar, al desarmar defensas absurdas o al ver responsabilidad donde había reproche. Tiene sentido y valor en sí mismo.
Pero tiene un límite estructural claro.
La terapia refuerza lo que la sabiduría cuestiona.
Toda sesión consolida la narrativa autobiográfica, ese modo de red por defecto cerebral. Se refina el relato del yo, le da mejores capítulos.
Le ayuda a que la pesadilla se transforme en un bonito paisaje… pero no te explica que en realidad sonó el despertador.
Por eso un paciente puede estar meses con una historia integrada sin sospechar ni una sola vez que la sensación de ser el narrador es un objeto de la conciencia y no su dueño.
Puede tener el ego más sano de su barrio y seguir completamente identificado con cada pensamiento que surge.
La sabiduría trabaja sobre la estructura.
Es un entrenamiento mental con base en:
lo social (menos individuo),
la acción (lo que haces más que lo que crees),
la presencia (la vida hoy no tanto lo que pasó hace tiempo),
el discernimiento (en vez de la identidad),
la pertenencia compartida (todos sufrimos),
la finitud (en vez de un yo que vive como inmortal)
¿Cómo entrenamos en esa vía?
Investigación fenomenológica en primera persona. La práctica contemplativa seria no es relajación ni higiene mental. Es un método empírico riguroso para examinar la experiencia antes de la conceptualización. Es decir se entrena el darse cuenta, el observar cómo surge un pensamiento, cómo se le adhiere la sensación de “mío”, cómo se construye de instante en instante la dualidad sujeto-objeto. Es fenomenología practicada, viva.
No-dualidad como reconocimiento, no como creencia. No es una doctrina metafísica que adoptar, eso pertenece a las creencias y el esoterismo. Es el reconocimiento experiencial de que la conciencia y sus contenidos no están separados como el espectador y la pantalla. Este reconocimiento reorganiza la relación con el sufrimiento de un modo que ninguna reestructuración cognitiva alcanza ya que el dolor puede persistir, pero es como si el «dueño» del dolor se volviera difícil de encontrar.
Ética como fruto, no como norma. En la vía contemplativa la compasión y la ecuanimidad no son mandatos morales. Cuando la frontera del yo se vuelve porosa, el sufrimiento ajeno deja de ser tan ajeno. Es una ética derivada de la percepción, no de la obligación. La terapia evidentemente no trabaja ahí.
«¿Tiene ciencia esa vía Jose?
«
Sí. Por muchos motivos.
a. El principal es que separar ciencia de espiritualidad es lo menos espiritual que hay.
b. La ecuanimidad, la no dualidad, el yo ilusorio, el cerebro social, no son entelequias vacuas. Vemos sus correlatos y fundamentos.
«¿Es objetiva esa vía Jose?
«
Sí.
a. Se trabaja con rigor, no con todo vale.
b. Vivir con + serenidad y menos apego, más en el sentir que en el pensar es cuantificable a muchos niveles en ciencia.
«¿Por qué es bueno esto para la psicología Jose?
«
Porque ya le está cayendo a la psicología la responsabilidad de resolver problemas estructurales o sociales.
Porque el psicólogo es un profesional no un guía o un mentor con fuerza.
Porque si todo es psicologizable acaban por no resolver nada a pesar de tratar todo.
Porque no se puede arreglar lo que no está roto y toca diferenciarlo.
Porque desgraciadamente muchos acaban tratando de hacer de coaches lifestyle o de influencers en vez de estudiar más a Vygotsky o repasar el neurodesarrollo o entender mejor el método científico.
Y OJO, con cariño. Porque los estudios nos explican que no son precisamente los que más salud mental tienen, aludiendo al estereotipo de que uno estudia lo que + necesita.
Una gran disciplina como la psicología, de las más meritorias por tratar de objetivar lo subjetivo, no lo es por extenderse indefinidamente, sino por acotar bien qué hace y qué no puede hacer.
Peligros en ambas direcciones.
El citado bypass espiritual en donde se disfraza de desapego o trascendencia la incapacidad para estar en la vida, frecuentemente con los demás. Gente que va a hacer «Yoga» cuando resulta tienen patología mental clara.
Al otro lado. La psicologización de la sabiduría.
Te sonará:
reducir prácticas milenarias de liberación a técnicas de gestión del estrés,
convertir todo en lubricante de la productividad,
matar al guía o la tradición para dejarse llevar por el algoritmo,
convertir la sabiduría en «psicología positiva»,
la profundidad en estado de ánimo,
la serenidad en el Reel de hoy con postureo,
la espontaneidad en selfie,
lo que me pasó en lo que por tanto soy,
la fragilidad en «hipersensibilidad»,
la tristeza normal en emoción a regular.
IMPORTANTE:
Si la terapia dura mucho,
si uno acaba volviendo una y otra vez con nuevas historias,
si las etiquetas diagnósticas se vuelven identitarias,
si pecamos de analizar en exceso lo que es del sentir,
si a pesar de todo, somos frágiles en vez de fuertes,
si aspiramos a arreglar toda narrativa,
si la necesidad de control sigue creciendo y creciendo,
IGUAL lo apropiado es + SABIDURIA,
un desarrollo personal genuino,
no tan centrado en el propio sujeto.
una metodología propia de entrenamiento COGNITIVO, SOCIAL y CONTEMPLATIVO con base neurocientífica y tradicional.
Explicamos muchísimos conceptos psicológicos,
no tratamos clínica,
y cultivamos sabiduría cada día.
En resumen:
Se puede estar clínicamente sano pero existencialmente dormido.
Ir a terapia no es desarrollo personal. Es ordenar la casa.
La sabiduría es preguntarse quién vive en ella.
Al César lo que es del César, y al yo solo lo del yo.
Dr. Jose Sánchez
Neurocientífico social, doctor en psicología y profesor universitario. Autor de «Mente Salvaje» y «Empatía en un mundo que duele».
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Escribo cada semana sobre la ciencia de la mente y la sabiduría de la vida.
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