Te sonarán palabras como Lorazepam,
Bromazepam, o Diazepam.
O quizá sus nombres comerciales: Orfidal, Lexatin, Trankimazin, Valium.
Son benzodiacepinas que tienen afinidad por unos receptores llamados GABA-A en el cerebro y al hacer que entren más iones de cloro a la neurona, ejercen un efecto sedante y relajante. Se prescriben muchísimo para la ansiedad y el insomnio. Cada vez más.
Otros que te sonarán son Escitalopram, Sertralina, Venlafaxina o Duloxetina.
Más conocidos como Cipralex, Vandral o Cymbalta.
Son inhibidores de la recaptación de serotonina. De este modo, el neurotransmisor serotonina permanece más tiempo activo en la sinapsis
(entre las neuronas) y de este modo actúa con más intensidad y durante más tiempo. Se prescriben muchísimo para la depresión, la ansiedad, el TOC o el estrés posttraumático
.
Cada vez más.
Para pensar…
- El consumo es silencioso. No se suele decir…
- Dice mucho de los sistemas sanitarios al reducir todo a neurotransmisores.
- En vez de descender, aumenta.
- Miles de técnicas de desarrollo personal no parecen frenar esta ola química.
- ¡Vaya!
Parece por tanto que existen puertas químicas para la mente.
Lo que pasa es que nuestra mente responde al mundo, no solo a un par de neurotransmisores.
Aún así este discurso biologicista es tan popular que andamos:
- más preocupados de subir la serotonina que el amor,
más interesados en reducir la dopamina con extraños ayunos de neurotransmisores en vez de entender la naturaleza del apego,
más obsesionados con el cortisol que con cómo construimos stress.
Otras puertas químicas son muy prometedoras para los desórdenes mentales.
Guste o no, tengamos prejuicios o no, los datos mandan.
La más conocida ahora es la psilocibina, un compuesto que se encuentra en un hongo llamado
Psilocibe Cubensis.
Curiosamente permite una alta neuroplasticidad en un zona del cerebro llamado hipocampo, vinculada a la memoria, junto con un desactivación parcial de la red por defecto, que se vincula con nuestra tendencia a la rumiación.
Tan fuerte es su efecto que las farmacéuticas están como locas por aislar componentes del hongo y comercializar fármacos con mejores resultados que las benzodiacepinas y los inhibidores de la serotonina y adrenalina.
Lo que pasa es que la psilocibina pertenece a otro reino, que no es solo de la farmacología. Ha sido utilizada por muchas culturas durante siglos para diversos fines.
Se ha puesto de moda. Mucho. Tanto que en el neochamanismo urbano y autodidacta, la psilocibina aparece como una herramienta más del kit super cool del desarrollo personal. Al ladito de técnicas antistress, levantar pesas, dietas perfectas, respiraciones especiales, visualizaciones cuánticas, meditaciones para el día a día, y otros sistemas de productividad y rendimiento para el sujeto.
La psilocibina, ya en manos del individuo, fuera de todo contexto original, se utiliza como auto – psicodélico en busca de la «espiritualidad», la que el sujeto elige como tal claro, la que le encaja.
Muchas personas ya la añaden a su historial de experiencias «especiales».
Serie «Estados de conciencia»: I. Los elefantes entierran a sus muertos · II. Supraconciencia · III. Viajes fuera del cuerpo · IV. Chakras y conexiones · V. La mecánica cuántica · VI. Las puertas químicas de la mente
Dr. Jose Sánchez
Neurocientífico social, doctor en psicología y profesor universitario. Autor de «Mente Salvaje» y «Empatía en un mundo que duele».
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Escribo cada semana sobre la ciencia de la mente y la sabiduría de la vida.
Y si quieres entrenarlo con otros, no solo leerlo, está Entrena tu Mente – La Comunidad.