Los años no dan sabiduría

Es evidente, lo da la claridad y el discernimiento, pero no los años. Pero como dicho popular solemos aceptarlo.

La edad nos da experiencias sin duda, pero la diferencia entre la cantidad – calidad (y cualidad) de las experiencias entre personas es abrumadora. Es como aquel amigo mío que viajaba por el mundo por su profesión pero en todos los lugares buscaba el Starbucks y el Mc Donalds. Viajaba pero con los códigos de siempre.

No, no siempre viajar abre la mente, a veces abre las ganas de buscar Starbucks en todos los sitios. No está mal en cualquier caso.

En realidad no es tanto una experiencia, ni siquiera su cualidad. De hecho nos obsesionamos con experiencias trascendentes pero se da el caso, más habitual de lo que pudiera parecer, de alguien que consigue experiencias trascendentes (por ejemplo a través de sustancias, de retiros, del ejercicio u otros) y no avanza un ápice en su sabiduría.

Hay incluso quien retrocede pues se queda anclado a aquel día en el que sintió o percibió «X» o peor aún, ahora es especial porque como sintió «X» es alguien muy especial. Las buenas tradiciones a eso le pusieron un nombre: «lo tuve, lo perdí» en alusión al contacto con una realidad diferente pero que se evapora o bien «la etapa demoníaca» en el que la persona anhela experiencias sublimes… y desconoce que ese no es el objetivo.

Lo importante es casi lo contrario: la capacidad de extraer oro de experiencias cotidianas, normales, intrascendentes. Entonces ya no buscamos ese lugar, esas vacaciones idílicas, esas fiestas, ese fin de semana perfecto, o esa cena en la que jamás hay un plato roto o un alimento normal. Ni siquiera buscamos esa tradición, porque en el hotel de 7 estrellas y en una esterilla en el campo somos capaces de estar acá, en la cualidad de la vida.

La sabiduría va por ahí. No importa tanto el qué o el dónde, sino el cómo se percibe y vivencia. No exagero: las buenas tradiciones te hacen sentir frío o calor a tope, oscuridad, soledad, aburrimiento, o agotamiento y casi locura para que todas esas molestias sean nada en comparación con estar vivo y apreciar la cualidad de la vida.

No basta con saberlo o entenderlo, hay que aprender esa apreciación. Y no ocurre tanto por interés y motivación hercúlea, como por discernimiento. Sobra el ruido, y queda la señal. El ruido suele ser información poco práctica, apego a lo inútil, defensa de lo sobrante, numerosas ideas previas sobre cómo es aquello que aún no hemos vivenciado.

No solo es evidente que los años no necesariamente dan sabiduría sino el qué hacemos con cada instante. Lo demuestra también un elegante estudio (foto arriba). Como ves en el gráfico a más edad no hay per se más sabiduría de vida. No es lo que vives ni cuánto ni dónde, sino qué lecciones, que oro extraes de las experiencias.

Si la filosofía nos anima a buscar la sabiduría y cuestionar las realidades o estructuras sociales, la ciencia se anima a intentar cuantificar algo tan esquivo. No está mal la combinación.

Dale vueltas. cultivamos conscientemente esto, sabiduría, felicidad en los días grises, sacar el tuétano de lo aparentemente irrelevante.

Volvemos el 9 de enero. El día que la mayoría se pondrán a dieta, nosotros vamos a lo importante.

Abrazos,

Dr. Jose Sánchez

Neurocientífico social, doctor en psicología y profesor universitario. Autor de «Mente Salvaje» y «Empatía en un mundo que duele».

Escribo cada semana.

Sobre Ciencia, cultura y contemplación contra el stress, la falta de sentido y la idiocracia.

Si te ha servido, te mando el próximo.

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