Master Su y las despedidas por WhatsApp

Buenas tardes ,

Master Su una vez me dijo: la diferencia entre tú y yo, es que yo no te necesito pero tú a mí sí. Soltó su sonora carcajada.

  • Probablemente pienses que era un tipo arrogante. Nada de eso.
  • O quizá que estaba equivocado dado que yo era su alumno y él también me necesitaba. En absoluto, tenía solo 5 alumnos, estudiantes como él decía, y no nos necesitaba a ninguno.
  • O quizá pienses que había muchos como él y por tanto nadie necesitaba a nadie. En realidad, como él no había nadie. No digo que no hubiera grandes maestros en lo que él enseñaba, pero había muchísimos aspectos de su historia y leyenda, que lo hacían único.

Debo ser muy débil, porque toda mi vida he aprendido con buenos guías. Años siempre, nunca a ratos o en un curso suelto. A los 16 años ya me di cuenta que eso del autosuficiente que aprende de «todo» pero jamás de alguien era un error.

Mi querido Master Su enseñaba artes marciales internas, era la leyenda. Pero enseñaba mucho más. Estar con él las 24 horas era un auténtico reto. De él aprendí más atención y presencia que en muchísimos otros trabajos meditativos. No fue en un curso con croissants, sino viviendo en su casa de Los Angeles en 3 estancias, en el barrio de Rosebud, al más puro estilo tradicional.

Recordando la mejor definición de carisma que conozco y que compartí aquí,
Master Su era capaz de:
decirte lo que nadie se atreve a decirte,
pero de hacer por ti lo que nadie hace.

Así que tenía razón y yo lo sabía. «Bluntly true» le contesté y repliqué su carcajada.

Tengo miles de recuerdos de esas estancias.
Hoy me centro en dos. El primer día y el último.
No sabemos presentarnos a veces, pero mucho menos despedirnos.

Ahora nos despedimos acaso por Whatsapp, en un ejercicio vacío, sin mirar a los ojos, sin realmente pararse a una despedida emotiva, sincera, que como cierre sirva para recapitular lo aprendido. Cerramos etapas, incluso las del «espíritu», como si nada. Como si cualquier persona fuera sustituible, como si no hubiéramos aprendido nada, como si nada hubiera ocurrido.

Probablemente un sesgo humano aparece. Cuando algo instalamos parece que era fácil, parece que ya lo sabíamos, parece que nadie tuvo que ver. En estos tiempos de autosuficientes más difícil aún.

Master Su, no por arrogancia, te enseñaba a reconocer aquello que habías aprendido. No por un yo narcisista de su parte sino porque es parte de un noble aprendizaje. Sabía del valor de lo que él compartía.

Lo sabía mejor que nadie por todo el camino que hizo para aprenderlo. La última noche la dejaba para eso, para las despedidas, para recapitular, para darte la oportunidad de que expreses quién eras antes de estar con él y en quién te habías convertido con su ayuda.

En esos momentos eso que hace vibrar los huesos, esa caricia del aliento, esa fuerza que emana del pecho pide por expresarse y ser sensible a través de la palabra.

Descubrí por insistencia que ese tipo de despedida real, sincera, agradecida, que pone las cosas y las personas en su sitio y valor es clave para la integración de un aprendizaje.

Quizá no sea tan necesaria si aprendes una técnica sin más, pero es vital para el siguiente paso si la enseñanza tuvo aspectos vinculados con la vida, la sabiduría, o la espiritualidad, si es que prefieres esa palabra.

Todo esto viene porque esta semana tocaba revisiones de exámenes en la universidad. Junto a la burro-cracia es la parte menos atractiva porque lo que está hecho ya está hecho y porque pilla al final, y este año con 6 asignaturas, casi 900 alumnas y varios TFG,s ya apetece parar.

Me encanta, sin embargo lo que a veces sucede. Tres alumnas me dijeron que no habían pedido la revisión para subir nota ni nada parecido, sino para darme las gracias personalmente por las clases y el enfoque con espíritu crítico.

Me acordé de Master Su… y las solté una pequeña carcajada.

Los buenos maestros dejan un sello indeleble que es noble honrar, en vez de esconder.

Master Su no era un arrogante porque hablaba maravillas de sus maestros y todo lo que aprendió.

Y así, relato a relato, generación tras generación, honrando a todos esos que portan la luz que mantiene viva la claridad prístina de nuestro aliento, también nos sanamos nosotros.

Gracias Master Su por el sello indeleble. Los Angeles, 2004, 2005, 2006.

Abrazos

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