Vamos a contar mentiras (I)

Hola ,

La mentira más curiosa, la que evoca un enorme interés sobre la mente humana es sin duda el autoengaño. Me tiene prendado de su naturaleza y de cómo podría estudiarse de forma objetiva. El autoengaño nos divide en dos, una parte que conoce la verdad y otra que en uno mismo se atreve a disimularla, olvidarla, negarla o reprimirla. Que sea o no del todo consciente le añade un matiz si cabe más peculiar. Los buenos meditadores saben cómo integrar esas dos voces en una, disminuyendo esa grieta.

El autoengaño no solo implica al individuo, también al colectivo. A los grupos que pertenecemos les encanta percibirse como únicos, diferentes, distintos. Mis amigos son muy especiales, mi profesión es genial, mi barrio único, mi pueblo el de más ambiente en verano, mi país donde mejor se vive, el colegio de mis hijos el más “cool” y mi equipo es el más noble o el que mejor juega si no es el que más gana. Los colectivos, los grupos, las naciones también sufren de autoengaño.

En el otro lado de la mentira se encuentran los detectores de mentiras, esas personas que defienden de forma directa o indirecta, que al menos ellos, pueden detectar la mentira y enseñar cómo. Es un oxímoron porque detección y mentira no encajan precisamente de forma armónica.

Estos divulgadores de la detección anhelan solucionar el viejo sueño de la psicología: adivinar el pensamiento, dado que no hay acceso directo al mismo.

Los detectores de mentiras son muy freudianos, aunque si les preguntamos dirán que Freud no es de su gusto. Lo son porque sospechan que el subconsciente es un lugar oscuro, maléfico, que guarda misterios ocultos, que esconde feas pasiones y deseos no satisfechos, pero que siendo un gigante, no puede evitarse y va a filtrar parte de sus contenidos hacia fuera, hacia el mundo visible. Tradicionalmente sería en forma de sueños, e incluso patologías, pero acá, para los detectores de mentiras no es así. Emerge al consciente visible en la mismísima vigilia, ahí es nada. Sobra decir que esa visión no se parece en nada a lo que hoy en día sabemos sobre nuestro gigantesco procesador subconsciente.

Los detectores de mentiras incurren en malabarismos que no están al alcance ni del mejor de los magos. Dicen que la verdad está sobrevalorada (ojo, ¡en la época de las fake news!), que la vida sin mentiras no sería lo mismo (¡sin guerras tampoco lo sería oye!) y que aunque la mentira no se puede detectar, ellos, los detectores, comentan que existen indicios de la misma.

En ese funambulismo citan una frase “mentimos tres veces cada 10 minutos” recogida de un libro “Porqué mentimos” de Robert Feldman. La frase original es distinta: “mentimos entre dos y tres veces en una primera conversación de 10 minutos con un nuevo conocido”. El libro no me gustó mucho en su momento, quizá porque como es habitual, se saca de contexto un estudio de 2002 de Feldman, y se generalizan resultados. Afortunadamente, la evidencia sugiere lo contrario. Las personas mienten muy poco, 1 ó 2 veces al día de media.
Otros autores defienden que al único que no mentimos es a Google. Sin embargo es cuestionable que poner en Google “cómo se fabrica un explosivo” indique que todo el que lo escribe es en realidad un mentiroso oculto y además terrorista, aunque de todos los que lo escriban pueda haber un sospechoso, que claro, habría que comparar estadísticamente con cuentos fabrican explosivos sin buscarlo en Google. Entiendes en el último párrafo porque buscar algo de verdad suele ser agotador y la creencia es el camino más corto.

Otro truco prestidigitador de los detectores es el mito observacional. Uno observa el comportamiento del otro y ve la realidad que el otro no se da cuenta. Solo pensarlo daría miedo. En realidad es más bien ridículo porque en una convención de observadores de mentiras todos mienten entonces para parecer lo que no son, pero daría igual porque todos serían descubiertos entre ellos mismos. A menos que piensen que son mejores detectores que el vecino detector, lo cual se da por cierto y aumenta el problema: te crees detector y encima te crees de los buenos :).

Está tan instalado que tienes a supuestos especialistas, tremendamente sesgados por sus ideas políticas de izquierda o derecha, que en su observación neutra, incurren una y otra vez en “ver” en los contrarios comportamientos objetivos, que en realidad confirman ridículamente sus propios sesgos. No pasa nada porque argumentan que lo que hacen es muy importante, aunque como puedes sospechar no suelen ser contratados para hacer informes del comportamiento, dado que lo visible (gestos, posturas) es consecuencia y no causa del mismo.

La observación no verbal pura en realidad no existe. No puede existir porque ocurre a través del pensamiento del observador, y el pensamiento, siento decirlo, es VERBAL. Hay una excepción a ello, y es la observación atencional pura, sin un Yo parlante que medie, pero eso solo ocurre en experiencias de inmersión, fusión o trascendencia, a las que me temo no llegan ni están interesados los detectores del engaño. Podríamos decir por tanto que la observación de gestos y posturas de los otros es codificada, por lenguaje en una parte y por sistemas de codificación (si sube un hombro significa a, b ó c, si lo baja, significa e, d, f). Da igual que se manifieste que no hay un significado único y que depende del contexto, sigue siendo observación codificada.

A pesar de ello la presunción de que es posible detectar ese subconsciente reprimido, oculto y misterioso aparece incluso en los manuales policiales de USA, y por ende, extiende su mito más allá. No me estremezco cuando veo a un detector formado en el FBI o parecidos. Basándome en hechos uno aprecia que han vendido muchos libros y cursos, pero a día de hoy jamás han demostrado que la mentira pueda ser detectada. Incluso en ciencia se demostró que en los que ellos mejoraron fue en su propia confianza, que no acierto, para detectar engaños.

Si miramos los métodos que los divulgadores detectores han utilizado y aún defienden entendemos porqué están limitados desde su origen. Unos se basan en emociones, otros en la razón y como bien sabes de este newsletter hay un cerebro social que no distingue tan fácilmente emoción de razón y yo de nosotros.

Todo esto forma parte del salseo predominante más que de la ciencia. Vestirlo de ciencia es un insulto, no ver la falta de ética es increíble, pero intentar que sea una prueba judicial es una absoluta falta de responsabilidad solo propia de quien hace de su capa un sayo con tal de comprarse la identidad de especialista científico en detección de mentiras.

De esos métodos tan limitados y de ese atrevimiento escribiré mañana. También de otros métodos, que aún siendo fallidos, al menos miraron la relación o el aspecto moral. Evidentemente te mostraré el único método que en el futuro podría hacer algo parecido. Y algo mejor, dado que es muy poco práctico intentar detectar mentiras, comentaré algo más práctico y útil. Más que todos los detectores juntos que sin permiso creen entrar en tu interior.

Será mañana o quizá pasado y no habré dicho una mentira en cualquier caso.
Abrazos,

Dinos que te ha parecido este artículo, Puntúa (DE 1 A 5 ESTRELLAS).
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