Hola ,
Nos quedan los métodos fisiológicos. Seré breve. El famoso polígrafo por el que se analiza la resistencia galvánica de la piel tiene dos severos problemas. Uno, que es una medida periférica e inespecífica dado que mide la activación simpática (el stress y agitación) y la sudoración consecuente con lo que dividir la complejidad de la conducta en simpático/parasimpático es tan simplón como creer que izquierda-derecha explica y soluciona la realidad social mundial. Dos, se basa en el supuesto emocional ya explicado ayer. Si mientes te pones más nervioso y como ya sabes, hay mentirosos tranquilos y honestos neuróticos.
Los analizadores del stress vocal comprueban algo parecido pero con nuestra voz. Es fisiológicamente apasionante que en general nuestra voz tuviera una modulación distinta con la mentira, pero en realidad es con el stress. El stress vocal también se tiene cuando le dices a la chica “¿quieres salir conmigo?”. De la frase anterior evita sospechar si soy un anticuado o no :).
Nos queda la joya de la corona, por fin el 🧠. Es de cajón que si 86 mil millones de neuronas se combinan entre ellas con una media de 10.000 conexiones de cada neurona con otras y de ahí emergen todos los procesos como la consciencia, el lenguaje, el pensamiento, el movimiento, la emoción, la atención, la memoria… o vas ahí mismo al 🧠 o la sobresimplificación de 42 músculos de la cara, la activación del pulso, la saturación del lenguaje o las microexpresiones lo van a tener imposible.
La técnica que más se ha acercado ha sido los potenciales evento relacionados. Como te comenté al respecto de las primeras (y segundas) impresiones es la que analiza el desarrollo temporal de los procesos en el cerebro y la que uso en el laboratorio. Me explico: con los PER vemos cómo el cerebro procesa y construye la información desde 0 ms tras la exposición a un estímulo en adelante.
Se basa en la actividad cerebral recogida de 64, 128 o 256 electrodos colocados sobre el cuero cabelludo. Si te ofrezco un estímulo como una cara, la foto de una araña, una frase o una palabra que no existe como “terlumaces”, esa actividad eléctrica cerebral cambia y puedo comparar el estímulo vs el no estímulo. Si lo hago muchas veces lo mismo, sin que sepas cuando, puedo obtener una media fiable de tu respuesta a un estímulo en el tiempo.
Para la detección de la mentira se utilizó un componente llamado P300 que tiene con ver con la atención hacia estímulos que ya están en nuestra memoria. El problema es que la actividad eléctrica cerebral es muy débil respecto a la muscular. Basta que aprietes la mandíbula, te tomes un Valium, no duermas bien, o estés hiper nervioso para contaminar la prueba. Al menos han ido al lugar donde se origina el pensamiento y se construye la noción de verdad o mentira. Han buscado en la causa, ¡no en la consecuencia!
En no muchos años quizá se pueda correlacionar la actividad de esas 86 mil millones de neuronas mediante sistemas de aprendizaje profundo con sus correspondientes correlatos subjetivos de pensamiento, movimiento o intención. Los primeros intentos ya están aquí.
Los detectores fiables de mentiras acaso serán neurocientíficos no observadores, interpretadores o tertulianos. El que eso deba hacerse o no es otro tema, por lo que preservar nuestros neuroderechos es una preciosa rama actual de la neuroética dirigida por un científico español, Rafael Yuste.
En realidad buscar la mentira es un tanto invasivo. El supuesto detector de mentiras cree contar con un elemento para saber del otro más de lo que el otro está dispuesto a mostrar o compartir. Ese mismo hecho desacredita al receptor al posicionarse un tanto por encima. Solo sería respetable, ética mediante, por el bien común y un fin compartido. Pero que alguien supiera que me siento culpable, cuando no quiero contarlo a ese que me mira, atenta contra mi intimidad, privacidad y libertad. Si encima lo que el otro capta resulta que falla más que una escopeta de feria, pero cree acertar, lo que era una herramienta para la comunicación acaba siendo un juicio y un absurdo.
Es mucho más relajado utilizar un sistema de confianza y responsabilidad. La mentira tiene sentido evolutivo gracias a que lo que ha modelado el cerebro social es la cooperación. Como hemos cooperado en grandes grupos, nuestro cerebro social es clave para la salud, la longevidad, la prevención de enfermedades o la recuperación del trauma. Este factor se demuestra una y otra vez como más potente que incluso la dieta o el ejercicio, por importantes que sean. Entenderás de nuevo porqué el desarrollo personal, tan centradito en el individuo, sus batidos de proteínas y sus frases de Marco Aurelio matinales es tan limitado, por ubicuo que sea. Como cooperamos en innumerables formas (de hecho ser sociedad es ante todo compartir fines y medios) el mentiroso tiene una oportunidad de oro.
Nos resultaría agotador dudar de todos. Por cada 20 relaciones, puede que encontremos un mentiroso trilero. Probablemente las otras 19 compensen con creces. Si el mentiroso tiene éxito no es por su habilidad, sino por la confianza innata en los otros del cerebro humano. El embaucador tiene poco mérito. Tampoco tiene mucho mérito el emisor a la hora de influenciar y persuadir, porque es el receptor el que con su necesidad o anhelo adquiere un producto o se vincula con una comunidad. Pero díselo a los super comerciales, super speakers y super gurus.
Los maestros genuinos nos animan a la verdad. Primero a la de la claridad de la mente, para entendiendo su naturaleza y lo ilusorio del Yo, disminuir apegos. De este modo podemos ser extraordinariamente flexibles para adaptarnos a lo que sea más verdadero en vez de quedar pegados en la justificación de lo obsoleto, lo limitado o lo que no sirve. Pero sobre todo porque a través de una introspección y autoindagación profunda, el autoengaño se va deshaciendo. Uno no tiene necesidad de esconder una parte y preservar otra, en tanto ambas forman parte de una entidad, el Yo, que de nuevo es consecuencia y no causa de nuestras acciones y tendencias. De esta manera no me molesta que me digas que no me queda bien la camisa o que hoy estás cansado para quedar o que eres de otro equipo o que no tienes tan claro que el partido político realmente solucione la vida de la gente. Las menudencias del Yo no duelen cuando uno no vive centralizado en su propia historia. ¡Ojalá pudiera grabarte a fuego ésto y su poder!
Para Robert Trivers el autoengaño surgió en la especie humana para así poder mentir mejor. Es una tesis elegante aunque hoy sabemos que no podría ser esa su única función dado que todos nos autoengañamos conscientemente o no, y no por ello mentimos hacia fuera. El motor fue la cooperación. Pero sin duda, aquel que se autoengaña nunca mostrará signo alguno, ni emocional ni cognitivo, de incoherencia. Si miramos cómo se forma el Yo en el cerebro en los primeros años de vida y cómo éste es diferente según sociedades, momentos o culturas tenemos muchas más pistas de cómo esa estructura en la que nos centramos en exceso, es en sí misma, un sesgo en la forma de percibir el mundo. De hecho piensa en tus metas y sueños y fácilmente verás al Yo ahí soñando con inmortalidad, distinción y exclusividad.
No es necesario detectar mentiras, basta construir sistemas de responsabilidad compartida.
No quiero indagar en tu intimidad porque a saber que haría yo si hubiera pasado por lo mismo, nacido con similar tendencia o vivido tus experiencias. Lo que es seguro es que no lo haría mejor que tú.
Si trato de detectar la mentira en tu interior, por el método que sea, invado tus neuroderechos. Si por el contrario, instalo en mi vida un sistema de reciprocidad y responsabilidad, tú, por las razones privadas que sean, lo cumplirás o no. Este sistema, basado en teoría de juegos, me permite no gastar recursos en la adivinación del otro, deja al otro sus tiempos y traumas, para que así permita también los míos. No solo eso, limita el daño que el bajo porcentaje de mentirosos compulsivos puedan hacerme.
Además evita el juicio y el prejuicio, silencia el ego del tertuliano, el narcisismo del detector de mentiras y sigue manifestando confianza en la cooperación del cerebro social sin caer en la ingenuidad estúpida de aquel que cae en todas las trampas y le toman el pelo una y otra vez.
Aún así, vivir es ser vulnerable y ser engañado, probablemente sea algo por lo que haya que pasar alguna vez. Como dijo Safo, la poetisa griega “todo habrá que sufrirlo”.
Una inmensa red misteriosa, en términos budistas y neurocientíficos, hay detrás de cada gesto y acción humana. Inmensa, inefable, inabarcable. Conviene respetarla más que decodificarla en supuestas mentiras, emociones o intenciones en nombre de un master con apariencia científica o una charla televisiva. Y desde luego es un atentado pretender que sea una prueba judicial donde nadie puede saber si uno esconde o no una acción en base a lo que a otros les parece.
Quien sabe qué hay dentro de esos detectores de mentiras para vender su propia paradoja en nombre de la verdad de la mentira, cuando realmente lo que hacen es mentir sobre la verdad. Nada personal contra ellos, pero sí desde luego por mi parte y responsabilidad intento que su atrevimiento no sirva para juzgar a otros, influenciar juristas, reducir la libertad humana o parecer conocimiento constatado. No lo es.
Y hasta aquí noviembre y comportamiento humano. Espero que te haya resultado útil y si te animas me compartes tu sensación de vamos a contar mentiras I, II y III.
Abrazos,
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