Emociones (1). La envidia sana NO es admiración

Hola jeef,

Como te comenté voy a escribir este mes sobre emociones. Pulsa aquí para darte de baja si no estás interesado o «son muchos mails» o no disfrutas de mi contenido o mi escritura implica más de 2 minutos de lectura.


La ENVIDIA es una emoción muy corrosiva, tremendamente dolorosa y más ubicua de lo que parece. Dicen que varía por países y que el mío es muy alto en envidia.

La envidia no es fácil de investigar en el laboratorio. Uno puede reconocer que tiene stress, que se ha torcido un tobillo, que es un poco nervioso, que le duele el estómago, que se acatarra en invierno, que no tiene resistencia física, que quiere controlar todo, pero rara vez escucharemos a alguien decir “es que soy muy envidioso y me corroe”.

De modo que los autoinformes no son fidedignos. En realidad la buena ciencia psicológica no se hace con encuestas, pero ese es otro tema.

Un estudio de 2009 de Takahashi mostraba cómo la envidia activa el cingulado anterior, una región que entre sus múltiples funciones participa en la llamada red de dolor. La envidia es dolor social y éste utiliza las mismas áreas que el dolor físico.

Otros primates no humanos como los macacos muestran comportamientos sociales que son similares a la envidia (Noritake, 2018). Los macacos devalúan sus recompensas si éstas las obtienen también sus compañeros. El contexto social siempre actúa. Desde una región llamada prefrontal medial se influye al mesencéfalo, en la profundidad del cerebro, donde se encuentran los circuitos de la dopamina (que tiene que ver con las expectativas).

Dos aprendizajes aquí: primero, no compres eso de que los animales tienen emociones básicas y los humanos sociales y secundarias. Acuérdate de los macacos 🙂.
Y segundo: en una competición por los recursos, el que alguien obtenga algo implica que no queda para nosotros.

¿Porqué y cómo sentimos envidia? Desde una visión evolucionista está claro. Nuestro cerebro social se basa fundamentalmente en la cooperación. Por eso estamos aquí y somos quienes somos. Pero también existe la competición. Contra el exogrupo fundamentalmente pero también en el intragrupo donde competimos dentro de nuestro grupo por mejorar el status. Ello nos permite seleccionar históricamente mejores parejas, recursos, vida, longevidad, prestigio y estabilidad.

Culturalmente se puede explotar esa tendencia o reducirla. Y es nuestro trabajo reducirla o justificarla para seguir sufriendo.

La envidia parte de la creencia de que estamos ante un juego de suma cero, es decir, que competimos por algo y si uno lo obtiene el otro no lo puede tener, como los macacos del estudio. Por eso la envidia sucede entre iguales.

No puedo tener envidia de Ara Malikian, dado que no soy violinista, ni de Paul Krugman, puesto que no soy economista. Además solemos envidiar a aquellos que tienen edades y circunstancias vitales similares, porque la comparación es más intensa y evidente. Si creas un equipo y quieres reducir la envidia, une a gente de diferentes generaciones y la habrás reducido. O me llamas y te ayudo a hacerlo con buena ciencia.

Decíamos que era muy dolorosa. Quizá por ello, como mecanismo de defensa con frecuencia intentamos blanquearla. Inventamos el término envidia sana, el cual no me convence mucho la verdad.

Es curioso que si la envidia sana fuera una disposición habitual ya habríamos creado una palabra para ello. Quiero decir que las emociones y el lenguaje están absolutamente ligados. Los bebés no sienten emociones, sino lo que se llama afectos y vamos aprendiendo y construyendo emociones a través de las categorías del lenguaje. Por eso un nene de 3 años puede estar triste pero nunca apesadumbrado o desolado. Le falta todavía lenguaje y categorías que desarrollar. En nuestro léxico NO existe una palabra para designar la envidia sana. Da que pensar.

En el neerlandés sí. Afgunst y Benijden, dos términos diferentes.

Afgunst representa la envidia clásica y maliciosa.
Opera de esta manera. Yo te bajo a ti a un nivel inferior, yo me subo un poco y ahora ya estamos iguales. Digo que tu cinturón negro no es para tanto y yo que me quedé en verde, en realidad fue «porque me pillaba lejos que si no»…

Otra estrategia del envidioso es no reconocer. «Vaya una tontería eso del cinturón negro» siguiendo el ejemplo anterior. Le resultaría muy doloroso valorar tu esfuerzo, reconocer tu valía, no digamos ya aceptar que tú sabes más y que podrías enseñarle mucho. Para el envidioso con tal de apagar el cingulado anterior (Takahashi, 2009) creamos estrategias para evitar lo corrosivo de esta emoción.

A veces sucede incluso entre amigos. Descubres que son envidiosos. No se alegran de tus éxitos. No te felicitan. Están preocupados por sus miserias. Muchas amistades se pierden cuando uno triunfa, no siempre es porque el vencedor se ha vuelto arrogante, sino porque no se soporta que el otro suba ese escalón. Quizá porque nos anima a subir a nosotros y eso cuesta.


En neerlandés, Benijden es la “envidia sana”. No quiero bajarte ni quitarte mérito, sino que quiero estar donde tú estás pero subir yo un escalón. Muchas personas valoran este Benijden porque incide en la motivación. El problema de la motivación es que es altamente inestable. Ves las Olimpiadas y sales a hacer running a la tarde, pero a los 3 meses la final olímpica y su motivación se desvanecen. No solo eso, la motivación que surge por la comparación y sensación de injusticia es demasiado externa como para sostenerse en el tiempo. Benijden anima pero duele. No me parece tan saludable.


Cuando comparto sobre Afgunst y Benijden y comento que en muchos idiomas no existen esos dos términos, sino solo la envidia de toda la vida, siempre hay alguien que dice que no. Argumenta que sí lo tenemos porque nuestro lenguaje es la bomba (respuesta patriótica) o que yo no tengo ni idea (que puede ser oye 😉) y que sí existe y se llama admiración.

En absoluto. Yo admiro a Ara Malikian como violinista y por haber vivido una infancia en un sótano resguardado de las bombas y creando música, pero no quiero ser como él. No es mi instrumento favorito, ni yo soy músico. Admiro a Krugman, explica muy bien términos que a mí me cuestan, creo que fue valiente al hablar de controlar la economía, pero no siento envidia sana. No quiero ser economista.

La admiración por tanto NO es envidia sana.

Hay muchas más confusiones con la envidia.

Los celos es una de ellas. A veces te dicen sientes celos y es envidia. O sientes envidia y en realidad son celos. No me quiero extender mucho. Los celos implican 3 actores y la envidia 2. En los celos uno teme que un tercero le quite lo que «tiene», otra persona. En la envidia uno aspira a tener lo que otro logra, solo dos.

Quizá la confusión más triste de la envidia sea con la indignación. Es una excusa de estos tiempos tan machirulos de pecho para fuera y de individuos hechos así mismos por ovarios y testículos. Si alguien refleja con indignación, que sería la emoción apropiada antes el desfalco, la corrupción, la des-vergüenza, la insolidaridad, el narcisismo imperante, la injusticia flagrante, te pueden decir que tienes «envidia». No suele ser eso, sino algo más sencillo: indignación, incredulidad, incluso tristeza.

Solo mediante la indignación se puede intentar cuestionar algo del status quo. La filosofía y otras disciplinas siempre fueron incisivas en esto. Los maestros genuinos, por ejemplo, se indignan ante la deriva de la meditación en manos de lo «productivo». ¡Llevan siglos explicándolo! Luego es cierto que se relajan y dejan que el caos actúe.

Cada profesional en su campo, a veces se indigna. Y de ahí lo transforma en conocimiento, avance, construcción de alternativas y un largo etcétera.

Caín y Abel, nos hablan de la envidia incluso entre hermanos.

«¿No es ese el hijo del carpintero?» tiene múltiples lecturas pero una de ellas es la incapacidad para reconocer al otro, que no es el que era, ni es el que quieres que sea. Por envidia ese perdió aprender del ahora despierto.

Dante, en el Purgatorio cose los párpados a los envidiosos por su equivocada mirada, y coloca la emoción en su justa medida. La curación pasa por la caridad.

En definitiva, la envidia es una desgracia. Dolorosa, corrosiva y corta de miras. No te la permitas. Mejor observar con buenos ojos y alegrarse por los demás.

PD: continuará con qué sucede cuando el envidiado o el tramposo caen en desgracia.

Muchos abrazos y ni Afgunst ni Benijden.

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