En defensa del chamanismo (I)
Lo confieso en el título, soy un poco Therian, y no es una provocación: es la tesis que voy a defender y argumentar.
Incluso espero que tú lo seas un poco, o quizá que ya te lo permitas.
Desde que el fenómeno Therian se hizo noticia he escuchado todo tipo de opiniones, juicios y diagnósticos.
He esperado pacientemente y voy a compartir mis argumentos e incluso mis videos Therian abajo.
El tratamiento del tema me indignó por motivos que iré desvelando en este escrito. Aquí van.
Un therian (de therianthropos, griego: theríon, animal salvaje + ánthropos, ser humano) es una persona que experimenta una identificación profunda, no elegida y persistente con un animal no humano (su “teriotipo”: lobo, zorro, felino, ave).
No es que crea ser biológicamente un animal, ni los suele reivindicar como tal sino que describe una experiencia interna.
Algunas personas relatan “cambios mentales” (episodios en los que su cognición se siente más animal que verbal) o sensaciones somáticas de cola, orejas u hocico que no están ahí. Como neurocientífico parece similar esa parte al miembro fantasma clásico y a algunas alteraciones del esquema corporal.
Aclaro términos.
El Therian no es el furry, que socializa disfrazado de animal antropomórfico y que sabe que juega.Y no es un licántropo clínico (hombre-lobo), síndrome psiquiátrico rarísimo en el que el paciente cree estar transformándose en animal, dentro de una psicosis o un episodio afectivo grave.
El Therian típico no delira. Su juicio de realidad está intacto y lo dice explícitamente (“sé que mi cuerpo es humano”).
Ojo, la comunidad Therian no nació en TikTok. Nació en 1993, en un grupo de Usenet llamado alt.horror.werewolves, dedicado en principio a la ficción de hombres lobo. De ahí parte una subcultura que durante tres décadas hacían encuentros pequeños. No tenían interés en reclutar a nadie y además reflexionaban sobre sus gustos.
Se les investigó en su momento (K. Gerbasi, H. Clegg) y se encontró que puntuaban un poco más alto en rasgos autistas y esquizotipia, sí, pero sin diferencias en autoaceptación o propósito vital.
IMPORTANTE: En contra de lo que podía parecer los estudios demostraron que una identidad Therian bien integrada funcionaba como factor protector del bienestar, no como síntoma (Clegg et al., 2019)
Y vino “Tik Tok”…
2020-2021 aparece la estética Therian. Vídeos de acrobacias, máscaras pintadas, colas, con cientos de millones de visualizaciones.
El algoritmo hizo lo de siempre: seleccionar lo más llamativo de una identidad de unos pocos, sacarlo de contexto y servirlo como contenido viral a adolescentes de todo el planeta.
De un grupo minoritario de 3 décadas, de repente adolescentes adoptan la estética como juego, moda o pertenencia grupal (igual que algunos fuimos heavies, mods o punks).
Y luego vino la explosión. El “fenómeno therian” mediático, que fue un invento de las propias redes donde se expandieron bulos de quedadas masivas que nunca existieron, rumores de ataques, o bulo de los areneros para gatos en colegios (jamás verificado). Fue incluso carne para tertulianos y políticos.
En España cientos de personas acudieron a “quedadas therian” en Pamplona, Córdoba o Barcelona que eran falsas o habían sido desconvocadas. En Barcelona se congregaron unas tres mil personas con cinco detenidos. El pánico fue real pero los Therians no estaban.
Lo patológico y triste del asunto fue otra cosa. No fueron adolescentes con máscara. En muchos países se organizaron redes de “cazadores de therians”, grupos (de adultos en muchos casos) que se coordinaban en redes para humillar y en algunos casos agredir físicamente a menores, grabarles y subirlo a RRSS.
La paradoja es antropológicamente exquisita porque los que salieron a “cazar al animal” ejecutaron el comportamiento más animal de toda la historia al perseguir en manada al individuo marcado como distinto. Un adolescente que trotaba a cuatro patas por un parque no hacía daño a nadie. La manada que lo perseguía, sí. El animal peligroso era el cazador.
Otro gremio con menos palos también repartió de lo lindo.
Sí, hablo de profesionales de la salud mental en columnas, reels y podcasts diciendo que eso era un “trastorno de identidad”, una “disociación”, una “psicosis larvada”… siempre sin haber evaluado o conocido a un solo Therian.
Resulta que la “disforia de especie” no es un diagnóstico reconocido en el DSM-5.
Además describir una experiencia no es demostrar disfunción, y la disfunción es condición necesaria de cualquier trastorno. El malestar de estos chicos, cuando existe, correlaciona con el estigma y el acoso más que con la identificación misma.
Estos profesionales olvidaron algo básico: un chaval de trece años que descubre que sus vídeos con máscara de lobo multiplican por mil sus visualizaciones no está negociando su identidad profunda. Está manejando su pertenencia grupal y su lugar en la jerarquía. Confundir dinámica social con psicopatología individual es para hacérselo mirar.
Es preocupante tachar de patológica la identificación humana con el animal.
Es probablemente el rasgo simbólico más antiguo y universal de nuestra especie.
La figura humana más antigua que conservamos no es humana:
es el Löwenmensch, el hombre-león de Hohlenstein-Stadel, tallado en marfil de mamut hace unos 40.000 años.
En la cueva de Trois-Frères, el “hechicero” mezcla astas, cola y piernas humanas desde hace 14.000.
Antes de escribir, antes de sembrar, antes de las religiones que los hombres crearon, antes de casi todo, ya nos estábamos imaginando mitad animales.
Y no hemos parado.
Esos que juzgaron a estos chavales, esos que iban a cazarlos, probablemente tenían animales por todos lados:
en la cuna (el peluche es el primer objeto de apego transicional de casi todo humano occidental).en los cuentos con los que moralizamos a la infancia, de Esopo a La Fontaine al Rey Leónen las banderas (el águila mexicana, el cóndor andino); en los himnos y escudos; en los nombres de equipos deportivos y de operaciones militares; en los apodos amorosos y en los insultosen las marcas comerciales, en las mascotas escolares, en los horóscopos oriental y occidentalen el lenguaje mismo (“astuto como un zorro”, “fiel como un perro”, “memoria de elefante”).
Somos una especie que se explica a sí misma a través de las demás especies.
Si un extraterrestre viera nuestra cultura concluiría que los humanos padecen una identificación masiva, crónica e institucional con los animales.
Aún hay más.
Hemos rezado a los animales, literalmente: Horus con cabeza de halcón, Anubis chacal, Ganesha elefante, la loba capitolina amamantando a Roma, el jaguar olmeca, Coyote el creador-embustero norteamericano, el cuervo que hace el mundo en el noroeste del Pacífico. En el origen mitológico de casi toda cultura hay un animal divino o un dios animalizado.
Y no solo les rezamos:
los encarnamos de forma reglada y saludable.
Durante mucho tiempo fue una de mis prácticas favoritas.
Todo un corpus complejísimo de arte marcial, ejercicio energético, simbólico y de salud.
Lo empecé a enseñar en mayo de 2000 tras varios años de práctica. Son innumerables los recuerdos, beneficios y aprendizajes de esa práctica.
El Wuqinxi, el “Juego de los Cinco Animales” se atribuye al médico Hua Tuo (siglo II d.C.): el practicante se mueve y siente como tigre, serpiente oso, mono y grulla.
Echa un ojo a los videos.
O mejor aún, trata de imitar los movimientos, ¡suerte con ello!
Hoy puedo seguir haciendo eso, afortunadamente, y el que venga a cazarme o a juzgarme como disociado o friki, le espero.
No es “animal flow”, una gimnasia chula actual, es mucho más. Muchísimo más te lo aseguro.
Un paso más allá.
En el chamanismo, la frontera humano animal se vuelve más porosa.
El chamán (leer segunda parte de esta serie), esa figura que aparece desde Siberia a la Amazonia con tal consistencia transcultural que sigue asombrando a la antropología, hace su profesión exactamente con lo que hace unos meses escandalizaba a estos expertos en emitir juicios sin sentido.
El chamán se une al mundo animal en sueños, en visiones, en las ceremonias; adopta su percepción, se deja embriagar con su fuerza y otros muchos detalles que son imposibles de narrar aquí (lee Mente Salvaje despacio para hacerte una idea).
Lo que aquí miramos con desdén, en esas culturas no es un trastorno sino un cargoal servicio de la comunidad y que pocos pueden llegar a ejercer.
En realidad todos somos animales.
La premisa implícita de “se cree un animal” como síntoma es que humano y animal son categorías disjuntas no es psicología sino pésima biología con siglos de teología encima.
Homo sapiens es un primate haplorrino. ¡Somos animales!
Compartimos con el resto de mamíferos:
la arquitectura límbica, los sistemas de apego, el juego, el duelo observable, la empatía primitiva, las neuronas de von Economo con elefantes y cetáceos.
No se equivocaba aquella comunidad original de Therians que se sentían animales; el error es del adulto que cree no serlo, que no siente nunca la fuerza, la garra, la agilidad, la destreza, el foco, la atención o la presencia o por supuesto los sueños.
«Jose, pero tú eres neurocientífico, ¿en qué quedamos?»
La ciencia no limita, ni excluye, sino que ayuda a entender.
La Neurociencia afectiva nos explica que hay muchas capas de nuestra experiencia que no pasan por el lenguaje.
Lo emocional prelingüístico, lo perceptivo inmediato, lo social corporal (la jerarquía sentida en la piel, el juego de contacto, la sincronía del grupo) NO SE BASAN EN PALABRAS.
No solo eso, el famoso PRESENTE que tratamos de captar en modo “mindful” viene de serie en cualquier tigre, lobo, búho o perro.
El animal es símbolo porque es presencia sin narrativa.
Vaya, vaya, la buena ciencia nos permite entender lo que de forma inmediata excluimos.
No hay ni una sola experiencia mística o espiritual que haya vivido en 35 años en prácticas salvajes o meditativas con lamas, maestros u hombres medicina que implique huir de la biología. El cerebro es un órgano preparado para muy diversos estados de consciencia.
Cuando un Therian dice “cuando corro a cuatro patas se me apaga la cabeza y estoy ahí”, le diría que no está loco, sino que está comenzando a encarnar bien un aspecto preverbal de sí mismo.
Los locos son los que están tan alejados de su naturaleza que viven en una mente que parlotea, incesante, justificándose a sí misma en la realidad que filtra con palabras, con esquemas culturales rígidos, sin atisbar siquiera un instante el cristal con el que lo infinito colorea la existencia.
Yo soy Therian, de los de la tradición del WuQin Xi y aún practico el tigre, serpiente, oso, grulla y mono.
Soy del chamanismo shuar, de esos que aprendieron que los animales son más que peluches, mascotas o instrumentos de trabajo.
También neurocientífico, que me permite explorar sin temor estados de consciencia.
PD: Dedicado a Alain Baudet (q.e.p.d), maestro taoísta y mi profesor de Wu Qin xi en 1998.
Serie «En defensa del chamanismo»: I. Soy un poco Therian · II. El chamán de la lluvia
Dr. Jose Sánchez
Neurocientífico social, doctor en psicología y profesor universitario. Autor de «Mente Salvaje» y «Empatía en un mundo que duele».
Si esto te ha servido...
Escribo cada semana sobre la ciencia de la mente y la sabiduría de la vida.
Y si quieres entrenarlo con otros, no solo leerlo, está Entrena tu Mente – La Comunidad.


