El año pasado se me ocurrió decir en un podcast que
la teoría de Hameroff Penrose sobre los microtúbulos de las neuronas no era en absoluto una demostración de ninguna «supraconsciencia».
Me cayeron en 2 semanas más de 600 mensajes. Unos 500 con insultos y desprecios pero
cero argumentos
. Unos 100 bastante positivos, criticando que se venda como ciencia lo que no es y como espiritualidad lo que es creencia.
Comprobé lo útil que es haber hecho un largo camino. De lujo.
Capítulo 22 aquí.
Te pregunto:
- ¿Las palabras hacen daño? ¿Siempre? ¿A veces? ¿De qué depende?
- ¿Somos sinceros cuando decimos «no me importa lo que digan los demás»?
- ¿No te joroba si una pelandrusca tiene celos de tu chica y la critique porque no puede tirarte los tejos?
- ¿No te molesta ese machirulo que se mofa de tu chico en tu presencia porque le has elegido a él?
- ¿No te enfada que a un hermano o amigo le señalen injustamente?
- ¿No duele que un jefe diga que «tampoco lo que haces es para tanto»?
Creo que merece la pena que desarrollemos esto.
Ahora pregúntate: si alguien se mete contigo…
¿Ese dolor
es inevitable?
¿Hay una parte de ti que elige participar en el?
Un estudio reciente ofrece datos fascinantes sobre esta cuestión.
Los investigadores midieron
hasta qué punto las personas creen que las palabras pueden causar daño psicológico duradero.
Los resultados invitan a reflexionar.
Encontraron que
NO
todos reaccionamos igual ante el mismo estímulo verbal.
¡Revelador! Si las palabras tuvieran un poder intrínseco de daño, el efecto sería uniforme.
ATENTO que viene lo bueno
¿Cómo son quienes más creen que las palabras hieren?
Son personas que muestran:
1
Mayor tendencia a la victimización interpersonal (r = 0.24). Se perciben como víctimas con + frecuencia.
2
Menor estabilidad emocional (r = -0.18) y mayor dificultad para regular emociones.
3 +
ansiedad y + depresión: quienes superaban umbrales clínicos de depresión puntuaban 6.9 puntos + alto en la escala.
4
Menor resiliencia y mayor sensibilidad a la ansiedad.
5
Mayor vulnerabilidad percibida al trauma, tanto para sí mismos como para los demás.
Los datos
sugieren que la creencia misma de que las palabras pueden dañarnos profundamente esta asociada con mayor malestar psicológico.
Es una correlación (no causalidad) a la que poner atención.
Pero
si la creencia en el daño de las palabras varía entre individuos y esta vinculada a rasgos de personalidad y actitudes, entonces no estamos ante una ley física sino ante una relación psicológica que admite grados de libertad.
OJO:
No significa que el abuso verbal no tenga consecuencias; las tiene, basta pensar en el maltrato infantil o el horroroso bullying.
Pero con la pelandrusca y el machirulo, el troll de los microtúbulos, el jefe psicópata integrado, el comentario desafortunado de un colega o la opinión política de turno,
existe un espacio donde podemos ejercer cierta soberanía. O madurez y distancia.
Los autores del estudio apuntan a tres posibilidades:
a.
que las experiencias reales de abuso generen esta creencia,
b.
que la creencia en sí misma sea desadaptativa y percibes + amenaza
c.
que rasgos preexistentes (neuroticismo) predispongan a la creencia y al malestar.
La
b
es interesante:
creer que las palabras siempre nos dañan puede estar contribuyendo a que nos dañen más.
Esto tiene tela porque
quienes puntúan + alto tienden a apoyar más la corrección política y el silenciamiento de opiniones contrarias.
Es una paradoja interesante:
las estrategias que buscan protegernos del daño verbal pueden, irónicamente, reforzar la creencia de que somos vulnerables a ese daño, en un ciclo que se retroalimenta.
Llama la atención también la correlación entre la
creencia de que
las palabras dañan y la victimización interpersonal.
Esta tendencia incluye la necesidad de reconocimiento, el elitismo moral, la falta de empatía hacia los adversarios y la rumiación.
Esto
NO
implica negar las injusticias reales ni minimizar el sufrimiento genuino. ¡Ni defenderse!
Pero
SÍ
invita a distinguir entre
reconocer una experiencia dolorosa
y
construir una identidad alrededor de ella
.
La primera es sana y necesaria.
La segunda nos debilita aunque esté de moda.
Vuelvo al capítulo 22.
La pregunta mas profunda: ¿cómo es un YO para ser herido?
Para que una palabra nos dañe, necesitamos
+
que un sonido en tu idioma. Necesitamos un Yo que se sienta aludido, amenazado y menospreciado.
Un centro de referencia que interprete…
La meditación tradicional, la que está lejos de la productividad, ha estudiado durante milenios ese centro de referencia como una construcción.
La neurociencia del Self lo ve como un proceso, no como una entidad.
El daño no está en la palabra, sino en la identificación con la narrativa.
Esto es coherente con el estudio: las personas que puntúan + alto en la muestran mayor tendencia a la rumiación (un componente de la victimización interpersonal) y menores capacidades de regulación emocional.
Su sistema cognitivo-emocional
se aferra
a los contenidos verbales, para mantenerlos activos, para alimentar con ellos la narrativa del Yo herido.
«Jose y ¿cómo se mejora esto?»
No con pose de indiferencia autoimpuesta.
No con negación del lenguaje.
No con libros de neurociencia o psicología.
No con «saberlo».
No con positive thinking.
No con voluntad y agallas.
Solo hay una forma. Y no es teórica ni psicológica, sino meditativa.
En la tradición eso se llama
Ecuanimidad
. Tiene que ver con una relación muy concreta con los fenómenos de la consciencia.
Es una de las prácticas de La Comunidad
Si se hace con frecuencia, cuando los venenos viperinos de las palabras dañinas lleguen a ti, encuentran un espacio hueco que mira el mundo.
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Dr. Jose Sánchez
Neurocientífico social, doctor en psicología y profesor universitario. Autor de «Mente Salvaje» y «Empatía en un mundo que duele».
Si esto te ha servido...
Escribo cada semana sobre la ciencia de la mente y la sabiduría de la vida.
Y si quieres entrenarlo con otros, no solo leerlo, está Entrena tu Mente – La Comunidad.


